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Bioterrorismo, un escenario más que posible


Por Fernando Silva


Considerando hacia donde se pueden dirigir las acciones nocivas y hasta letales para la diversidad biológica y la Tierra, es de suma trascendencia expandir el potencial de cada persona con responsable libertad, reforzando las voluntades en bien de una educación integral, esencialmente en los infantes. Para ello, es substancial que se brinde sensata tutela desde los hogares, las instituciones educativas y en los entornos sociales con una orientación de orden ético, artístico, emocional, cívico-social, psicológico e intelectual; ya que la mayoría nos constituimos a través de los criterios que asumimos, por lo tanto, es sustancial considerar procesos formativos conscientes y democráticos.

Con ese enfoque, es necesario leer, discernir y conducirnos sobre bases filosóficas, biopsicosociales y sociopolíticas de carácter humanista-constructivista, fundamentalmente, desde las prerrogativas a las que tenemos derecho, con el propósito de impulsar entornos en los que todos podamos ampliar nuestras capacidades, así como encauzar una existencia productiva y creativa de acuerdo a las múltiples necesidades e intereses en sana interacción social.

Teniendo lo anterior en cuenta, en 2015 los dirigentes mundiales se comprometieron a emprender un proceso de desarrollo que no deje a nadie atrás, como una premisa central en la Agenda 2030, así quedo documentado en el «Informe sobre Desarrollo Humano 2016» en el que se plantean cuestiones fundamentales, haciéndose cuestionamientos cómo: «…¿quién ha quedado atrás en los progresos del desarrollo humano y cómo y por qué ha sucedido esto?» y haciendo hincapié en: «…que son los pobres, los marginados y los grupos vulnerables -como las minorías étnicas, los pueblos indígenas, los refugiados y los migrantes- quienes han quedado más atrás. Entre los obstáculos al universalismo cabe citar las privaciones y desigualdades, la discriminación y la exclusión, los valores y las normas sociales, así como los prejuicios y la intolerancia». El Informe también señala con claridad las distintas barreras de género que se refuerzan mutuamente y que niegan a muchas mujeres las oportunidades y el empoderamiento necesarios para desarrollar al máximo el potencial de sus vidas. Asimismo, reconoce acertadamente que es necesario complementar las políticas nacionales con acciones a escala mundial y examina asuntos relacionados con el mandato, las estructuras de gobernanza y la labor de las instituciones públicas.

Pero los industriales y empresarios ¿qué hacen?¿cuáles son sus objetivos? Pongamos el caso de la industria química y farmacéutica, de las más poderosas del planeta y que han fundado sus negocios sobre las insuficiencias en la seguridad y la salud del ser humano, entonces ¿qué inmoralidad podría permanecer oculta tras su misión en áreas de responsabilidad en sus investigaciones con el medio ambiente y los recursos naturales que, se piensa, garantizan productos de calidad, así como el valor que aportan los medicamentos al progreso social, económico y de calidad de vida?

Marcia Angell, autora del libro «La verdad sobre las compañías farmacéuticas (y editora durante dos décadas de la revista especializada New England Journal of Medicine) escribió «…que entre 2000 y 2003 la mayoría de las grandes empresas del sector fueron citadas en los tribunales de Estados Unidos de Norteamérica. Ocho de ellas, condenadas a pagar cantidades meteóricas por concepto de multas. Algunas reconocieron su responsabilidad por actuaciones criminales, ya que habían puesto en peligro la vida de miles de personas». En el 2001, el recién fallecido escritor y espía de los servicios secretos británicos, John le Carré, publicó The Constant Gardener (El jardinero fiel) una lúcida denuncia ante los modos en el que actúa la corrompida industria química y farmacéutica. Está ambientada en un remoto lugar al norte de Kenia, en donde el gobierno de este país y el de Gran Bretaña, son cómplices en las pruebas de un medicamento contra la tuberculosis, Dypraxa, que puso en riesgo la vida de las personas. De esta manera, se evidenció que estos sectores de la industria ocultan un peligroso lado oscuro. Como dato adicional, la novela de Le Carré, fue adaptada y llevada a la gran pantalla —en el 2005— por el director y productor de cine Fernando Meirelles.

Pero lo anterior no se equipara con la mayor amenaza, el bioterrorismo. Es impactante saber que existen desmedidas armas mortales (químico-biológicas) inventadas por corrompidos científicos, que enfermedades que afecten a los seres humanos, a los sistemas biológicos y al planeta. Estos instrumentos de destrucción masiva son ilimitados, comenzando con la variabilidad intrínseca de la naturaleza e incrementadas por la ingeniería genética; por lo que la elección de un agente para ser empleado como arma va en función del execrable propósito de un espurio grupo de industriales y empresarios que fabrican y venden en pos de inconfesables e deshonestos intereses.

Desde el punto de vista terrorista, estas armas son altamente mortales, ya que pueden llegar a ser varios cientos de veces más azarosas que sus equivalentes, las armas nucleares. Obviamente, el tema es más que amplio así como inquietante, por lo que es necesario reflexionar y actuar con escrúpulo para impedir que este escenario sea parte de algún libro de historia que se pueda escribir, siendo magnánimos, en por lo menos unos doscientos o trescientos mil años.

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