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Días difíciles, después del sismo del 19 de septiembre de 2017


Por Jorge Messeguer Guillén

@jorgemesseguer


La mañana del 19 de septiembre del 2017 se izó la bandera a media asta para recordar a las víctimas del terremoto de 1985. Después, como se ha hecho costumbre, se realizaron simulacros en escuelas, oficinas públicas y universidades para estar preparados en caso de un sismo.

Quién diría que este simulacro ayudó, horas más tarde, a evitar que la tragedia fuese aún mayor de lo que fue ese día. Nos sorprendió el temblor a la una de la tarde con catorce minutos. Se sintió muy fuerte en todo el estado, con magnitud de 7.1.

A los pocos minutos empezaron las llamadas a la oficina de la Gubernatura, en donde laboraba; en las redes sociales aparecían noticias, imágenes y videos de los lugares donde el sismo había causado un daño mayor, principalmente en Jojutla, donde se afectaron casi tres mil viviendas.

Esa misma noche, el gobernador estuvo presente en el municipio y vio los daños materiales causados por el terremoto y, sobre todo, pudo palpar el dolor y la tragedia que asolaba a miles de familias morelenses. Esa fue la primera de muchas noches larguísimas.

A partir de ese momento, todo el gobierno estatal se declaró en alerta máxima. A todos y a cada uno de los secretarios de despacho y funcionarios del gabinete ampliado se nos asignó atender a uno o más municipios.

Primero se hizo una evaluación y cuantificación de los daños materiales y humanos, seguido de la atención directa a los afectados en los albergues que se instalaron y que fueron hogar de miles de personas de todas las edades.

Se dañaron escuelas, hospitales, carreteras, oficinas, casas, edificios, iglesias y monumentos históricos. Como tradicionalmente sucede en esos casos, de inmediato la solidaridad se hizo presente: la ayuda humanitaria empezó a llegar a Morelos procedente de gobiernos estatales, organizaciones de ayuda humanitaria, fundaciones privadas y de los propios morelenses unidos para ayudar a sus paisanos. Se habilitaron tres puntos de recepción y distribución de la ayuda que llegaba: uno en Cuernavaca, en el DIF; otro en el estadio "Coruco" Díaz, de Zacatepec, y el tercero en el cuartel de Policía de Tepalcingo.

Cientos de mujeres y hombres, sobre todo jóvenes, hay que resaltarlo, se entregaron en cuerpo y alma con todo su esfuerzo para remover escombros, hacer paquetes de ayuda alimentaria, repartir víveres o atender a los damnificados en los albergues municipales. El cuartel general se instaló en el C5, desde donde se coordinaron las acciones de cada dependencia estatal, se recibían los partes municipales, los avances; se coordinaban las ayudas; se informaba diariamente a la opinión pública.

Los días pasaban y perdíamos la noción del tiempo. Las jornadas iniciaban todos los días muy temprano y terminaban de madrugada. Cada uno de los funcionarios se la rifaron haciendo lo que tenían que hacer: trabajar bajo una presión enorme y a contrarreloj.

El ambiente social era de crispación, de enojo, de dolor, pero también de solidaridad, de voluntad para salir adelante. El ambiente político también era adverso: desde altos niveles del gobierno federal se gastaron millones de pesos para orquestar una campaña mediática en redes sociales contra el gobierno estatal, difundiendo noticias falsas sobre el manejo de la ayuda humanitaria que llegaba al estado. Era el gobierno de EPN lucrando políticamente con la tragedia. Los alcaldes, en su mayoría, se volcaron a trabajar sin descanso en coordinación con el estado. Sin embrago, algunos presidentes municipales se escondieron o materialmente desaparecieron del escenario público, y algunos hasta negocio hicieron, aunque parezca increíble. Sinvergüenzas simuladores. Superada la emergencia inicial, había que actuar con mucha rapidez para plantear una ruta de reconstrucción que permitiera recuperar su hogar a las familias que lo perdieron; encontrar mecanismos de financiamiento para hacer frente a la contingencia, y crear los instrumentos para hacer llegar a la gente materiales de construcción, así como coordinar esfuerzos con fundaciones privadas que se comprometieron a construir viviendas para los damnificados, reconstruir escuelas y hospitales. Se avanzó rápidamente. Fue muy satisfactorio ver cómo la ciudadanía y el gobierno respondieron a la emergencia sin escatimar recursos, tratando de remediar lo que el sismo se llevó en un minuto.

Fueron semanas muy intensas, difíciles, de mucha tensión; días interminables.

A cuatro años de distancia, estoy convencido de que valió mucho la pena hacer lo que teníamos que hacer. Con un gobierno como el actual, no sé qué hubiera pasado.

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