• Ambiental News-Miguel Á.

De las almas inocentes


Parte 2

Por Ricardo Medrano

Estos y muchos otros recuerdos rondaban la mente de Muerto, como volutas de humo de cigarro, a cada paletada de tierra que salía del agujero que él y Guapa habían cavado desde hacía tres días. Las manos callosas sostenían las herramientas con mayor seguridad. A veces se preguntaba cómo era posible seguir viviendo a costa de las migajas del pasado, asido como a un cordón umbilical que alimentaba su costal de desventuras. Porque Muerto no dejaba de culpar a otros por sus desdichas, se había convertido en una ambulancia aulladora que transporta a un paciente agónico, ese carro donde viajan la muerte y la vida sujetas por el mismo cinturón de seguridad, en el que, paradójicamente, nada es seguro. Eran casi las dos de la tarde, el sol había alcanzado su cénit y empezaba a dispersarse en astillas que se distribuían sobre las casas en permanente construcción, fabricando sombras caprichosas que aminoraban un poco el sofoco de los maestros albañiles. Muerto y Guapa se dispusieron a tomar los sagrados alimentos e improvisaron una mesa sobre dos botes salpicados con mezcla de cemento seco y una tarima, la menos polvosa, cubierta con aceite requemado. Extendieron una capa de papel, la menos sucia, extraída de un bulto de cemento recién vaciado y colocaron encima un kilo de tortillas, diez pesos de queso de puerco y una bolsa de plástico con cuatro chiles navegantes en vinagre caldoso. En silencio, cada uno hizo un taco hasta con tres tortillas y dos rebanadas de queso de cochino. En cada mordida al taco, se sucedía otra tarascada al picante en vinagre que se destripaba en gustosos estallidos. Bebieron un par de vasos de refresco de cola en vasos desechables y permanecieron quietos unos instantes. Mudos. Cada uno extraviado en sus propios laberintos. Guapa miró sus zapatos costrosos con múltiples capas de cemento reseco y deseó unos zapatos limpios de dos colores, de charol y agujeta. Él y Muerto tenían la misma edad. Les pasaba con cierta frecuencia que no era necesario decir nada y en contadas ocasiones rompían el silencio. Era como si cada uno de ellos conociera desde siempre los pensamientos del otro. Como si ambos hubiesen sido arrebatados del mismo vientre, el mismo día, a la misma hora, por la misma comadrona y en el mismo lugar. Como si ambos hubiesen nacidos muertos y luego hubiesen empezado a vivir. A Guapa le pareció que todos los hombres tienen el mismo derecho a tener unos zapatos limpios, los que les plazcan, los que les gusten, los que se amolden mejor a sus pies, un calzado que les haga sentir cómodos al caminar hacia el trabajo, o recorriendo la Alameda Central, tirando rostro. Eso pensaba Guapa. A veces temía ser el lado opuesto de su socio, como la cara “B” de un disco que a nadie interesa; opacado por el éxito del lado “A”, el más atractivo, el que termina por dañarse antes, debido al uso. Las personalidades de cada uno coincidían, se complementaban, como si una sola, por sí misma, no tuviera la mínima posibilidad de existir, de ser, sin que la otra estuviera presente, a la manera de dos siameses, inevitablemente unidos por el mismo cráneo, pero con diferente visión y, por ende, perspectiva de las cosas. Era evidente en los asuntos cotidianos del trabajo: mientras uno tomaba el pico, el otro asía la pala; en tanto, uno sacaba el agua que manaba del subsuelo, el otro recortaba a punta de barreta los bordes de la futura cisterna, como quien rebana un enorme pastel de lodo y se introduce en él, desbastando un poco ese poro de la tierra, buscando penetrarle la entraña. Así eran ellos, indisolubles, como un misterio religioso que cuesta explicar; porque sustancias y esencias formaban parte del todo, y, al mismo tiempo, cada parte revelaba su propia función, su propia fuerza, una naturaleza en común. Muerto colocó el cubo bajo la llave de agua: un chorro débil, exasperante escurrió hasta el recipiente, como un hilo de baba continua. Como de costumbre, Guapa partió sin despedirse, sin decir palabra. Enganchó el morral a su hombro derecho y salió silbando la tonada del danzón Nereidas. Muerto se concentró, sin prisa, en el hilo de agua que llenaba la cubeta, y su mente, de nueva cuenta, empezó a elevarse como un papalote al que se le ha roto el hilo que lo sostiene. Una noche, en aquel antro donde a fuerza de novatadas le hicieron despertar de su letargo, Muerto se esmeraba en lavar vasos y utensilios. Varias cortadas semi profundas en sus palmas y en el dorso de sus manos mostraban varios grados de cauterización. El jabón y el agua actuaban sobre las grietas otrora sanguinolentas hasta volverlas un conjunto de surcos blancuzcos, mortecinos. Hacía dos años que cumplía con aquellos trabajos de ayudante. El sueldo y el moje le habían permitido sobrevivir y aportar un poco de lo ganado para beneficio de los suyos. Iban quedando atrás, casi olvidados, los desaguisados familiares: Muerto estaba experimentando la satisfacción de sentirse útil. Sentía el orgullo de traer unos pesos en la bolsa y pedirles permiso, sólo a ellos, para escaparse los domingos a conquistar sirvientas en la Alameda Central. Las desveladas le habían ganado unas ojeras que contrastaban con el tono de su piel: ahora dormía de día y trabajaba de noche, cuatro días a la semana, el resto del tiempo lo ocupaba en practicar su deporte favorito: ensoñarse con sus revistas y jactarse de tener, casi completo, el total de números publicados. A veces soñaba que una enorme nave tripulada por seres de otra galaxia lo abducía a través de una luz blanca; empezaba a elevarse desde la cama donde dormía, y cruzaba el techo de su cuarto sin encontrar oposición, desmaterializándose. Una luz espesa lo hacía levitar y lo aspiraba hasta el interior de un plato suspendido en el aire por una tecnología desconocida. Luego, con los ojos aún cerrados, escuchaba voces que le hablaban: en traducción simultánea, comprendía los mensajes de aquellos seres de otro mundo, ellos le revelaron profecías que debían darse a conocer, en su momento, a los seres humanos. Muerto quedaba en espera de nuevas instrucciones. Una mañana, después de cumplir con sus labores en el antro, Muerto se dispuso a partir rumbo a su casa. En su pequeña mochila donde transportaba su uniforme de trabajo, había guardado, celosamente, entre los pliegues del cierre y la costura, el dinero ganado por toda una noche de lavar vasos y utensilios. Algunas cortaduras en sus manos habían cerrado por completo y ahora se figuraban en larvas adheridas a la piel, petrificadas y gruesas. Las manos del muchacho empezaban a ser toscas debido a esos jeroglíficos que sólo el trabajo esculpe en los cuerpos que se prestan a tan peculiar manifestación artística. Adormilado, luchaba por caminar con aplomo. Con una mano metida en el bolsillo derecho y la otra sosteniendo la mochila sobre su hombro, alcanzó a percibir la luz de sus sueños; escuchó las voces de otro mundo diciéndole que estaba por cumplirse la profecía. También sintió un golpe seco y contundente, y un sonido, como el crujido de un melón arrojado contra el piso, una y otra vez, y múltiples resplandores que le enceguecieron, mientras las voces repetían, una y otra vez, en un lenguaje de otra galaxia, que le era traducido de forma simultánea: —Ya te la sabes, hijo de la tiznada. ¿Dónde traes la feria? —Si no afloja, pícalo. Dale en las costillas —dijeron los seres espaciales. Después de la primera descarga de luz blanca, el muchacho sintió que la lengua se le hacía nudo, que un puñado de galaxias le produjeron un tapón de la dimensión de un agujero negro, hacia donde era tragado, abducido, con todo y sus palabras y recuerdos. Todo era luminoso. Entonces escuchó una sinfonía que identificó como la música de las estrellas. Estaba cumpliéndose la profecía, sin duda. Se preguntaba: ¿cómo será la nueva vida en la tierra? ¿Habré cumplido mi papel como profeta de los nuevos tiempos? La nave que lo abdujo, otrora silenciosa, ahora recorría las galaxias abriéndose paso con el aullido inconfundible de las sirenas que transportan un herido. Las voces eran otras, tal vez más terrenales, menos interestelares. Un gran vacío, como una implosión galáctica arrasó con todo, absorbiéndolo. Muerto sintió cómo cada una de sus células se desmaterializaba hasta formar parte del éter cósmico. La música de las estrellas continuaba sonando, inmaterial, espiritual, en la calma que precede al nacimiento, en la frontera del todo y de la nada. En el vaivén de la vigilia al sueño, columpiándose entre las cuerdas de un contrabajo divino que cantaba con su voz grave, casi monstruosa, próxima al sonido universal que dio origen a la vida. Entonces vino de nueva cuenta el estallido, la vibración continua, la cuerda que se tensa bajo las manos expertas de la divinidad que conoce todas las infinitas tonalidades, la música específica de cada alma que empalma su grito furioso cuando es desprendido de la madre, para después abandonarse en la cuna de los olvidos. Cuatro meses duró la recuperación de Muerto en el hospital público. A su madre se le pidió, en varias ocasiones, otorgar el consentimiento para desconectar aquella vida de la fuente artificial que le mantenía en el limbo, como un cadáver insepulto en espera de la hora nona. Cuando Muerto abrió los ojos, en una segunda oportunidad para su alma inocente, sólo quedaban cicatrices, múltiples marcas en todo su cuerpo, como las huellas de gusano que tenía estampadas en sus manos, producidas por los cortes de los vasos rotos durante su estadía en el antro. Ahora todo era cicatriz, todo era vacío. El cráneo del muchacho se recuperaba de las múltiples fracturas. Pero quedaron huellas más profundas: —El joven perderá el habla— dijo el médico a los familiares. Y se apresuró para atender a un nuevo paciente en aquel hospital público que todas las noches se convertía en un documental terrorífico de la vulnerabilidad humana. Muerto volvió a su casa. Apenas emitía una especie de gruñidos, parecidos a los de los perros que seguían teniendo su corral a un costado del suyo. Gradualmente fue recuperando la movilidad del brazo y de la pierna izquierdos. En su cara se petrificó la mueca desquiciada del asombro, de quien pretende recordar algo, pero no lo consigue. Pequeños fragmentos, como esquirlas de un pasado que vuelve a la memoria, le permitieron reconfigurar un universo de luces diminutas donde todo era profético. En ocasiones, el joven machacaba desesperado su lengua intentando decir algo a quienes le rodeaban. Por varios meses sintió la caricia del sol, encerrado entre las cuatro paredes que encajonaban perimetralmente su casa. Tomaba asiento sobre una piedra negra a mitad del patio, como un monolito ancestral que no encuentra quién le adore. Después, el sol se marchaba y los atardeceres llevaban la mirada del muchacho hasta el cielo, donde todo es infinito y suele ser oscuro en la más grande angustia. Quiso escapar, brincar aquellas bardas. Algo en su mente maduraba y con el tiempo se pudría, como una fruta ennegrecida que termina por volverse nada apetecible. Algo deseaba y no sabía qué era. Su mente se llenaba de vacío. Le dio por aullar y su grito angustiaba a los perros, hasta que los vecinos se quejaron y la familia optó por amordazarlo durante las noches. Inmensas lágrimas corrían por sus mejillas cuando, quienes le amaban, le aplicaban aquella doble mordaza. Pese a todo, la esencia del espíritu seguía viva, latiendo como un pulso. Entonces su madre lo descubrió cavando en mitad del patio, haciendo esfuerzos por malabarear, primero la pala, después el pico. Ella no descifraba ese mensaje, le parecía más la voluntad perniciosa de un desquiciado que busca algo sin saber qué, alguien que termina agotando sus fuerzas por el mero deseo, alejado de cualquier sentimiento de impotencia que su infame y absurda tarea pudiese acarrearle, alguien que no tiene conciencia de su fútil esfuerzo. A pesar de los reclamos de sus otros hijos, la madre consintió que Muerto cavara aquella fosa en mitad del patio. El dinero ahorrado para ampliar la casa se esfumó en las atenciones hospitalarias del enfermo. Ahora, sólo quedaba aquel insepulto que tal vez se afanaba en labrarse una tumba con sus propias manos. Pero, para los otros, era más un misterio parecido a los que publicaba la revista Pregunta, que ahora se amarillaba bajo las láminas del cuartucho donde Muerto durmió durante un par de años, en donde gozó de privacidad e independencia relativas. Viendo a su hijo cavando con dificultad aquel foso, la madre descubrió la eficiencia terapéutica del silencio aparente; vio a su hijo recuperar, poco a poco, la movilidad de sus extremidades. La boca fue adaptándose al rostro, hasta casi ocupar el sitio que tuvo antes del asalto. Algunas palabras, las básicas, retornaron a sus labios: Dios, comida, agua, calor, mamá, amor … Una mañana de domingo, Muerto dio a entender a su madre que su deseo era salir a la calle. Una especie de traducción simultánea se había establecido entre aquellos seres que, ya sin cables de por medio, permanecían conectados por hilos de otros materiales, más resistentes, más eternos. Caminaron un par de calles y los vecinos los miraron sorprendidos. Tomados de la mano, como dos seres extraños para los demás, de otro planeta, que se leen la mente y sienten en las propias sienes el pulso del otro, llegaron hasta la parroquia del Señor de Lago Seco. Muerto llevó a su madre hasta donde San Antonio cargaba a su muchacho. Tomó asiento en el piso y mantuvo su atención en el mantel de terciopelo rojo que cubría la mesa donde despachaba el Santo, y lo acarició, como si ello le trajera recuerdos de otra dimensión. Después se puso en pie, tomó a su madre, nuevamente, de la mano y emprendieron el camino de vuelta hacia su casa. Construir una cisterna, un cubo de tres por tres metros, le llevaría, aproximadamente, quince días a cualquier maestro albañil. Los veinticinco años que lleva Muerto cavando ese foso se redujeron a tres días, sin que el cuarto día llegara nunca, perdido en una espiral continua que no desciende ni asciende, interminable. En su mente, Guapa es el que viene de las estrellas, quien le ayuda a cavar, quien come con él los deliciosos tacos de queso de puerco con chiles en vinagre, quien le dice sin hablar que son los mejores albañiles de la colonia, los de mejor reputación; también es quien se va con la tarde y se pierde en las bien trazadas calles de Lago Seco, andando bajo las modernas lámparas led del alumbrado público, sin temores. El que regresa al día siguiente para continuar la rutina. Es quien no dice nada, a quien nadie ve, sólo Muerto. El amigo que desea ser bailarín porque tiene un hermano en Nueva York, el amigo que todos piensan imaginario, y para Muerto es realidad, su realidad, su deseo, él y el otro, uno solo, indivisibles. El que desea unos zapatos de charol de dos colores, porque todos deberíamos tener unos zapatos así, unos zapatos limpios, los que nos plazcan, los que nos gusten, los que se amolden mejor a nuestros pies. Los pulcros zapatos de charol y agujeta para bailar la música de las estrellas.

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