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Defender la dignidad hasta que se haga costumbre



Por Fernando Silva

El tema de la dignidad hacia cualquier persona es un asunto de derechos humanos, que cobra mayor significación cuando hablamos de genocidio, discriminación, desaparición forzada, torturas, tratos degradantes e inhumanos, por lo que es preciso comprender que el hacer legítimamente lo que conduce a los fines de la vida son el conjunto de prerrogativas sustentadas en la defensa de las personas, cuya realización efectiva resulta indispensable para el desarrollo integral de cada individuo. Asimismo, este conjunto de privilegios se encuentran establecidos dentro del orden jurídico mundial, en la mayoría de las constituciones políticas, en los tratados de imparcialidad internacionales y en las leyes de cada nación. Entonces, podemos decir que tales derechos son la totalidad de facultades que concretan los requerimientos para la libertad, la seguridad y la justicia en toda sociedad.

En ese entendido, todos somos responsables de garantizar —con el ejemplo y la participación activa— el abrigar a partir del respeto, afecto, conciencia y decoro, la manera en que queremos actuar en bien común. Y sin pecar de inocencia, sabedores de que compartimos un sinnúmero de circunstancias con sus cotidianas dosis cargadas de dichas y tribulaciones; arrojos y temores; logros y frustraciones, satisfacciones y penas; prosperidad y adversidad… poseyendo el privilegio de tener que asumir una responsabilidad añadida respecto al concepto y definición de lo que es la inteligencia o capacidad mental, misma que supuestamente nos debería distinguir del resto de las especies, sin dejar de asumir que desde hace décadas se ha estado hablando también de la inteligencia animal y artificial, así como de edificios, automóviles y dispositivos «inteligentes» por lo que habrá que considerar una reconceptualización de tan importante noción, que supere los problemas fundamentales y que amplíe las perspectivas acercándose más a un modelo que introduzca —en el razonamiento de la capacidad de entender o comprender— la parte relativa a la sensibilidad del ser humano, esa que dispone o faculta en nuestros sentidos la impresión, particularmente de las cosas que nos causan fastidio o placer.

Obviamente, somos libres de reflexionar y de admitir lo que queramos, pero hemos de ser consecuentes de que debemos distinguir entre lo que es un escenario evolutivo hipotético, de lo que es una «verdad» científica firmemente establecida, entendidos de que aún no ha sido posible determinar con veracidad cómo surgió la inteligencia humana —siendo en nuestros días motivo de amplia controversia— por ende ¿cómo determinamos y damos sentido a conceptos y valores tan elevados como la dignidad, la empatía, la humildad, la bondad, la conciencia, la ética o la moral… que han definido con elaborados argumentos filósofos, investigadores, historiadores e intelectuales? Al final son sus elucubraciones e interpretaciones que desarrollaron en determinadas y ambivalentes épocas y que algunas de esas definiciones han sido rebasadas y otras permanecen bajo la lupa que observa su origen y connotaciones. Quizás, ahí radica la intransigencia, cortedad o simple incomprensión sobre lo que deberíamos o no asimilar y, aún más, evolucionar en función de lo que ahora se nos presenta en términos de la comunicación, el diálogo y el entendimiento individual y social.

Por lo tanto, la reflexión universal de que la dignidad debe ser respetada y no transgredida, ha llevado al desarrollo de lo que ahora conocemos como la Bioética —que promueve los principios de una conducta más apropiada del ser humano con respecto a la vida y el resto de las especies— entendida, comprensiblemente, como marco de reflexión acerca de los desafíos que suponen las nuevas tecnociencias y modelos sociales que se construyen a partir de novedosos cánones de lenguaje digital, mismos que son una revelación que nos permite reflexionar y abordar de manera diferente a lo establecido por siglos. Esto nos permite pensar ¿en dónde quedó aquella sabiduría que se ha desaprovechado entre tanto conocimiento y, en esa dirección del pensamiento, cuánto conocimiento hemos perdido en medio de la falsa información? Lo que permite suponer que en 10 o 20 años ¿qué proporción de actividad llamada aprendizaje estará localizada en instituciones escolares? La disponibilidad de tecnologías que ofrecen acceso directo a todo tipo de conocimiento crea oportunidades a la humanidad para experimentar un tremendo incremento de la capacidad para elegir qué, cómo y con quién aprender. Lo mismo con los valores y los conceptos actualmente medianamente aceptados.

Sobre el particular y de acuerdo con lo que ponen de manifiesto alto porcentaje de intelectuales, investigadores y científicos, las sociedades contemporáneas caracterizadas por la globalización, los irregulares intercambios económicos, la fluidez y flexibilidad en los procesos de producción, distribución y caótico consumo, exhortan a la humanidad a inducir renovados estímulos y posibilidades, a la vez de nuevos desafíos e incertidumbres por la rapidez, profundidad y extensión de los cambios en todos los ámbitos de la vida y las costumbres, lo que hace evidente que estemos inmersos en coyunturas complejas, de gran perturbación caracterizadas por una engañosa unificación internacional y la contundente desintegración de los mercados económicos, la amenaza global al medio ambiente, la inestabilidad de los gobiernos y las eternas crisis generadas por instancias empresariales elitistas, así como por frágiles y desdibujadas socio-economías que son controladas por compactos y poderosos grupos financieros, la masiva migración de cientos de poblaciones, la soberbia ubicuidad de los dueños de las tecnologías de la comunicación, así como la interdependencia fundamentalmente urbana, donde convivimos, yuxtapuestos, grupos humanos disímiles y con alto grado de discrepancia.

En tal escenario, es necesario considerar si queremos un mundo diferente por la simpleza de que el que se tiene ya no nos gusta o por efecto de hacer conciencia y establecer generosas rutas de entendimiento para detener las incoherencias provocadas y restablecer la concordia, las razones y las normas políticas y sociales con el objetivo de restaurar los ecosistemas y el proceder a partir del respeto, el afecto y la conciencia en bien común. Por ello, el ser humano vale por lo que él mismo es en su naturaleza racional y libre.

En consecuencia, la dignidad se funda en cada mujer y hombre a partir de lo que consideramos estimado y no en función de otra cosa, brindándonos valor interno e insustituible que corresponde en razón de nuestro ser y no por ciertos provechos o beneficios que podamos conceder, ni por otros fines distintos de uno mismo. Por lo que para honrar nuestra dignidad empecemos por respetar la de nuestros semejantes.

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