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El futuro no existirá si los jóvenes no toman en sus manos el presente

+ @nanoprofe recuerda los sacrificios familiares para convertirse en científico

y entristece al pensar que algo han hecho mal cuando los jóvenes

validan en silencio una tragedia en proceso

Por Miguel Ángel de Alba

Miguel Ángel Méndez-Rojas @nanoprofe, es Doctor en Química por la Texas Christian University, y Licenciado en Química, con especialidad en Fisicoquímica, por la Universidad de las Américas Puebla.

Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) Nivel II; de la American Chemical Society, de la Sociedad Química de México y de la Royal Society of Chemistry, su línea de investigación “por los últimos 19 años, es la química bioinorgánica, la nanomedicina y el diseño y caracterización de nanomateriales para aplicaciones biomédicas”.

A través de un hilo publicado en su cuenta de Twitter, Méndez-Rojas, más conocido por su nombre de usuario @nanoprofe, el cual se edita y reproduce aquí con su autorización, refiere que “desde hace 20 años he tratado de multiplicar lo recibido”, al emocionar a nuevas generaciones para alcanzar sus propios sueños en la ciencia… e incluso ayudar económicamente a varios de ellos cuando lo necesitaron, y confortar sus corazones ante sus dudas y miedos”.

Sin embargo, confía, “hoy tengo tristeza al pensar qué les hemos enseñado a tantos jóvenes que hoy validan en silencio una tragedia en proceso, que no ven cómo el futuro no existirá si no toman entre sus manos la decisión de evitar este presente. ¿Cuál fue el error?”.

Explica: “Hoy sentí una extraña tristeza, mientras caminaba en la noche. De esas tristezas profundas que vienen de la incertidumbre, no sobre lo que puedo hacer, porque de mis capacidades no tengo duda, pero sí de lo que podría pasar para muchos, ante las sombras que se avecinan”.

Esa tristeza es invadida por la nostalgia, al recordar: “Cuando terminé la preparatoria, sabía que quería una carrera relacionada a la ciencia y a la investigación, pero no tenía idea del futuro y económicamente era complicado”.

Por momentos pensó en cursar una carrera técnica, entrar al Seminario o buscar trabajo y ya no seguir estudiando.

“Mis papás me animaron a seguir estudiando; dijeron que verían cómo. Hice el examen de admisión en una universidad de ensueño, privada, pues decían que por mi promedio podía conseguir una beca…”.

Cuando pensé que no lo había logrado, me preparé para buscar otra opción. Fui a retirar mis documentos y, mirándome a los ojos, preguntaron: "¿Estás seguro?". ¡Había obtenido una beca del 90 por ciento!, pero no lo sabía hasta entonces. Aún así, cubrir el 10 por ciento restante era algo muy difícil para la economía familiar. Antes de aceptarla, llamé a mis padres.

- ¡Acéptalo, hijo! -dijeron-. ¡Dios proveerá!

Y así fue. Gracias a ellos, a mis abuelos, tíos; a gente que me compró boletos del sorteo para el programa de becas, y al esfuerzo de mantener un promedio de excelencia, terminé mis estudios como el alumno con el mejor promedio de mi generación.

Al terminar la carrera, sabía que quería seguir al posgrado, pero también que esta vez sería una carga. Apliqué a varias universidades en el extranjero y me aceptaron en varias, pero conseguir el apoyo del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) significaba esperar un año más.


El posgrado, con más sacrificios

“Una Universidad me ofreció una beca y acepté. Me fui con 100 dólares que me dio mi abuelo. Llegué a Texas sin hablar inglés, con miedo, pero también con sueños. Me quedé en el departamento de un viejo amigo, quien también estudiaba ahí. Dos semanas dormí en el suelo, con una cobija y nada más...

Con mi primer apoyo de la beca universitaria pagué las cuotas del seguro médico, las de inscripción y compré un colchón…

Daba clases de laboratorio como Teaching Assistant; fui a una iglesia para que me prestaran muebles… Muchos extranjeros vivíamos igual.

Al resumir esa época, señala que “fueron cuatro años de excelentes experiencias que no olvidaré. Fueron años de trabajo intenso, de mucho aprendizaje para convertirme en un investigador independiente.

Cuando terminó, su asesor (fue su último alumno doctoral), le sugirió volver a su país (México) a regresar un poco de lo ganado.

“Regresé y desde hace ya 20 años he tratado de multiplicar lo que he recibido, al emocionar a nuevas generaciones para alcanzar sus propios sueños en la ciencia; al ayudar económicamente a varios cuando lo necesitaron; al confortar sus corazones ante sus dudas y miedos…

La vida no es una carrera para pasar por encima de otros

…Pero, principalmente, al enseñarles que la vida no es una carrera para pasar por encima de otros, sino un viaje en el cual ayudar al prójimo y avanzar juntos es la mejor solución. Ayudar a otros, porque eso te ayudará a ser mejor persona.

Y, en el corazón de ese proceso, hacerles ver la importancia del trabajo honesto; de no quedarse callados o de brazos cruzados ante una injusticia que ocurre a su alrededor; que es mejor vivir de pie que de rodillas; que quien calla es cómplice del opresor…

Y entonces viene la reflexión ante la frustración:

“Por eso hoy tengo esa tristeza al pensar ¿qué cosa hemos enseñado a tantos otros jóvenes que hoy validan en silencio una tragedia en proceso; que no ven cómo el futuro no existirá si no toman en sus manos la decisión de evitar este presente. ¿Cuál fue el error?

Pero luego pienso en esos miles de jóvenes a quienes he podido enseñar en clase que otro mundo es posible, y confío en ellos, quienes, como otros miles más formados de forma similar, harán su parte en cambiar el futuro para bien”.

Y deja el mensaje en la red social, donde sabe que muchos lo leerán:

“Confío en todos ustedes, queridos alumnos”.

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