• Ambiental News-Miguel Á.

El pensamiento antropocentrista ignora que la naturaleza es el origen de todas las cosas


Hace un poco más de un siglo, la comunidad científica y ecológica en el mundo advirtieron que las malas prácticas económicas e industriales estaban provocando atroces repercusiones al medio ambiente, lo que puso al descubierto el delirio antropocentrista de un endurecido capitalismo que, además, se le implantó a las «sociedades civilizadas» suscitando en diversos sectores políticos, culturales, académicos, ecológicos y artísticos, un amargo estremecimiento hacia tan contaminante sistema socio-económico. De esta manera, se fortaleció la conciencia ecológica, misma que ha intentando -por los medios disponibles- hacernos comprender que no somos la especie «elegida» pedestal sobre el que se enarbola la «humanidad divinizada».

En consecuencia los países «desarrollados» con millones de personas aglomeradas en las nacientes ciudades, fueron testigos e ingenuos cómplices de la inclemente contaminación, así, en la mayoría de las ciudades el smog fue una de las primeras señales de que el progreso de la industrialización no era del todo bueno. De esta manera se han propagado los desastres hasta nuestros días: Especies extintas o en vías de extinción, el avance de los desiertos, las calamidades nucleares, la polución de ríos y mares, el mal manejo de desechos humanos e industriales, la deforestación, el acelerado desarrollo de diversos tipos de cáncer y daños genéticos en animales y personas. También, se ha revelando el corrompido y preocupante «avance del progreso» y, con ello, la ecología dejó de ser una afición para erigirse en bien del planeta y de todas las especies vivientes.

En el movimiento cultural e intelectual de «La Ilustración» nacido a mediados del siglo XVIII, los filósofos alemanes de origen judío Theodor Ludwig Wiesengrund Adorno​​ y Max Horkheimer, refirieron nuestra relación con la naturaleza como una dialéctica caracterizada por una relación de dominio y sometimiento. El origen de dicha técnica de conversación, se encuentra en el miedo que nos genera el entorno natural y, que intentamos aminorarlo, al darle un carácter basado en los hechos y la lógica para situarla en un plano ontológico diferenciado al del ser humano. De este modo, hemos logrado obtener un «poder técnico» que nos ha permitido, incluso, una transformación de la biosfera que comienza a poner en peligro nuestra propia supervivencia. Esto requiere un cambio en nuestra relación con el medio ambiente, tratando de eliminar en lo posible el abismo ontológico establecido tradicionalmente.

Dicha exhorta viene del hecho de que no sólo somos el cáncer de la biosfera, sino que paradójicamente, su remedio. En nuestra voluntad está el asumir el papel de defensores lúcidos de los ecosistemas o deponer la responsabilidad para presenciar, como turbados espectadores, el lamentable desastre que provocamos.

Al parecer, las teorías éticas tradicionales se quedaron estancadas, incapaces de responder a los problemas ecológicos actuales, por lo que es necesario repensarlas. La necesidad de construir una «nueva ética» que pueda hacer frente a los graves problemas planteados por el imparable desarrollo de las tecnologías e industrialización contaminantes, requiere de un principio de responsabilidad en donde las premisas se vinculen con valores de respeto y de leyes que sean efectivas contra toda aquella empresa, gobierno o individuo que dañe nuestro planeta.

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