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El «sentido» de la filantropía en conciliación con todo ser viviente


Por: Fernando Silva

Si consideramos el copioso ramillete de personas que actualmente habitamos en el planeta Tierra —tan sólo unas 7,879 millones— es probable que las preguntas de mayor profundidad sean ¿Cuál es el «sentido de la vida»? y puesto que inexorablemente termina con la defunción ¿«la vida no es un sin sentido»? Lo que pone en tela de juicio si la «vida» como tal tiene «sentido». Evidentemente, tales cuestionamientos han requerido meticulosos análisis filosóficos, pero ¿cuál de todas las filosofías tiene precisión absoluta hacia el término «sentido»? ya que se utiliza en múltiples acepciones y, en buena cantidad de éstas no tienen relación entre sí, más, si la ubicamos en contextos sincategoremáticos, en los cuales el término «sentido» va unido a una determinación especial: «Sentido» de un texto, «sentido» de una acción, «sentido» contrario o «sentido» de la vista. Entonces, se abre un fabuloso abanico de opciones en su interpretación, lo que exige ponernos de acuerdo en si tenemos idea clara sobre la semántica de tan singular palabra. Quizás, aquí se pueda observar parte de las discrepancias que nos llevan a interactuar sin entendimiento o dividirnos al defender nuestra particular naturaleza e ideología.

Lo intrigante es que los filósofos hablan poco sobre el «sentido de la vida» a razón de que no cuenta con dos características fundamentales del método científico: Su reproducibilidad y la impugnación para demostrar una proposición, o para convencer de lo que se afirma o se niega. Ya que toda aseveración debe sustentarse de tal forma que pueda ser refutada. Quizás la temática es la que está mal planteada o no tiene «sentido». Por consiguiente ¿cómo se tiene que plantear la cuestión? Desde el rastreo de la complacencia, como guía moral y ética o para tomar una vital actitud que conciba de forma integrada los valores humanos… Lo trascendental para entendernos y convivir de mejor manera es que tenemos que replantear la pregunta con sobriedad, subrayando los desacuerdos que incorporan las fundamentaciones en diferentes ámbitos del conocimiento y de las tradiciones culturales.

En ese sentido, en cualquier entorno académico, científico y social, las ideas expuestas deben estar sustentadas en una lógica discursiva pensada a partir del análisis del lenguaje. Verbigracia, en las ciencias sociales hay conceptos como el humanismo, que análogamente reserva un amplio abanico de significados descriptivos y valorativos históricos, por lo que sería una grave falta el intentar fijar su significado de manera tajante, ya que podría mermar su ingente relevancia. De ahí que podamos identificar connotaciones del movimiento renacentista en diversos ámbitos de la investigación socio-cultural de la humanidad.

Por consiguiente, el humanismo es una vía social para la pacificación, el desarrollo y el crecimiento cultural de toda sociedad, lo que refrenda el intensificar —desde los hogares hasta las universidades— el saber, ya que no es posible tomar decisiones personales y colectivas sin tener conciencia de las cosas, así como de sus consecuencias y beneficios. A tal efecto, hacen falta más personas que razonen y contemplen la vida en bien común.

Es un hecho que cada quien es responsable de sí mismo, de su participación colectiva, siendo encargado del sano desarrollo de su entorno personal y social, así como de respetar a todo ser viviente, para lo cual se deberían eliminar los hábitos que dañan la ecología de los ecosistemas, por lo que es importante destacar que el humanismo centra su análisis en el hombre desde el hombre mismo, pero no como una exaltación al «yo» sino de entendernos en relación con nuestro medio ambiente, o desde otro enfoque, ver como la cultura de cada sociedad moldea a la gente en una relación recíproca, dialéctica y que no debe ser interpretada como algo trazado por el destino.

De ahí la importancia de la transmisión de los valores éticos y morales, teniendo en cuenta que cada persona aprende y conoce de acuerdo con su enfoque cognitivo y su condición biopsicosocial. Por lo que el traslado de los conocimientos, ya sea de manera tradicional, en las aulas o en los ámbitos profesionales, se desarrollen en un ambiente participativo en el que cada quien seamos los generosos artífices de nuestro aprendizaje y, con ello, potenciar y dar libertad a las capacidades en base a los derechos humanos.

A este respecto, es importante precisar, que la concepción de creatividad que ha sido considerada como la capacidad o conjunto de habilidades que puede tener cualquier persona, actualmente está siendo remplazado por concepciones, definiciones y teorías como «las inteligencias múltiples» «la inteligencia emocional» y el «aprendizaje multidimensional» que nos preparan para comprender una serie de dimensiones humanas que integran un todo en la formación de las personas y que se pueden identificar mediante las manifestaciones emocionales e intelectuales a través del aprender a ser, querer, pensar y hacer, en una interacción permanente, lo que constituye un proceso de apropiación cultural, en una experiencia que involucra el conocimiento, la conciencia y nuestro desempeño, asimismo, implica diferentes aspectos relacionados con lo cognoscitivo y afectivo, en íntimo vínculo con los diferentes escenarios del accionar de cada persona; lo que resulta valioso para las nuevas competencias, habilidades y estrategias de trabajo. Además de evitar esa serie de violentas actitudes y aptitudes que obstruyen y deterioran a la especie humana y a nuestra Madre Tierra.

Por lo anterior, una vez más, tiene «sentido» garantizar una educación, así como la formación académica cultivando las bases de enseñanza y prácticas de las artes mayores, con el digno fin de cooperar y fortalecer la auto-realización de la humanidad.

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