• Ambiental News-Miguel Á.

El Transcendentalismo y su fervor por la naturaleza


Los valores éticos del pensamiento universal, jamás pueden estar ajenos a los entornos biológicos, físicos y químicos de los ecosistemas. Entre 1830 y 1860, parte de esas cualidades morales, fueron expresadas y defendidas por migrantes intelectuales europeos que llegaron al norte del continente americano, surgiendo así algunos movimientos sociales que refutaban la desconexión con la naturaleza y la devaluación espiritual que representaba la industrialización en los Estados Unidos de Norteamérica, misma que se consolidó en el mundo durante la segunda mitad del siglo XIX cuando el poderío manufacturero experimentaría un repentino crecimiento que, en parte, daría origen a la Guerra de Secesión o Guerra civil.

Pese a ello, y en contra del rumbo que comenzaba a tomar el país en su incipiente independencia del Imperio británico, las nuevas urbes, comenzaban a desarrollar potentes industrias de todo tipo contrastando drásticamente con aquellos paisajes reflejados por pintores de la Escuela del Río Hudson con sede en Nueva York, cuya visión estética representaba una síntesis entre los principios del Romanticismo y el Realismo. El grupo no estaba formalizado, pero unido en un activo movimiento artístico (1825-1880) y en un espíritu de hermandad; algunos de ellos viajaron tierra adentro, pertenecieron a los mismos clubes y trabajaron en el mismo edificio en la zona ahora conocida como Greenwich Village, en la también llamada «Ciudad de la manzana».

Los pintores reflejan básicamente tres aspectos importantes de los Estados Unidos de Norteamérica del siglo XIX: el descubrimiento, la exploración y la conquista, dentro de una perspectiva bucólica y pastoral, donde los humanos y la naturaleza coexisten pacíficamente, con un tratamiento detallado y a veces idealizado. Pensaban que el entorno natural era la manifestación inefable de Dios, aunque otros variaban en las profundidades de sus convicciones religiosas ya que fueron inspirados por el Transcendentalismo. Artistas europeos como Salvator Rosa, John Constable, William Turner y especialmente Claude Lorrain, compartieron una reverencia por la belleza natural con escritores estadounidenses contemporáneos como Henry David Thoreau y Ralph Waldo Emerson.

El punto de partida de interés para sus piezas fue la región del Hudson River y las montañas circundantes, de ahí el nombre de la escuela. A mediados de siglo XVIII sus miembros ampliaron sus horizontes para retratar el oeste y, algunos de ellos, incluso distantes regiones como el Ártico, Europa, Oriente y América del Sur. En el centro de este movimiento artístico e intelectual, fundaron un movimiento más dedicado a la profundización en el sentimiento y en las creencias que a un sistema filosófico. Así, enfrentados con el puritanismo conservador y el unitarismo -como movimiento cristiano que no aceptaba el concepto de Trinidad Divina de sus antepasados- consideraban estas concepciones religiosas como frías, negativas y sin vida. Su doctrina se centraba en el descubrimiento de la verdad a través del sentimiento y de la intuición más que por medio de la lógica: la capacidad de conocimiento intuitivo de la verdad, trascendiendo los sentidos a partir de la observación de la naturaleza.

Los pintores se entregaron a una existencia contemplativa en intensa comunión con la naturaleza y el espíritu, alejados de la sociedad en tanto consideraron opresoras e insatisfactorias sus convenciones y labores, ajenos a la codicia y el apego por lo material. Sin duda, para aquel tiempo, este modelo de comportamiento resultaba subversivo y enigmático.

Comparado a cualquier movimiento europeo de la época, el papel del Transcendentalismo fue importante para el desarrollo de lo que conocemos como movimiento ambientalista y que, en las décadas de los años 50’s y 60’s del siglo XX, surgió como un movimiento político contracultura.

Tales características intrínsecas al ambientalismo parecen deberse, especialmente, a la importancia de dos ensayos de Henry David Thoreau «Walden» y «Desobediencia civil». En dichas piezas, defiende la vida simple en contacto con la naturaleza y protesta por temas espinosos para su época, como la esclavitud y la guerra contra México.

En ese sentido, para Thoreau, existe una valoración positiva en el ambiente natural o la vida en el campo, el contacto con lo rudo y simple del paisaje natural, en contraste con la vida en las ciudades, con el consumo y con el trabajo, realizados en función de intereses que no honran a la «naturaleza humana» sino que la corrompen.

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