• Ambiental News-Miguel Á.

“Estar hospitalizada es mi regalo de cumpleaños”


Por Stella Navarro *

@stella_navarro

Si creen en el equilibro del universo, en la telaraña cósmica o en Dios, les pido que le manden toda la mejor energía, toda la fua a mi vecina de al lado del día de hoy: mañana cumple años. A mí me dan de alta, pero ella se queda.

Vivir con dolor puede ser eso: que el mejor regalo sea saber que vas a estar un día sin dolor... Así sea en un hospital; así sea que te esperen varios chuzones con agujas de esas que van hasta el fondo. ¡Imagínate estar feliz porque sabes que eso es lo mejor que te puede pasar!

Hay cosas que son difíciles de comprender. Una de esas es lo que vive una persona que siente dolor todos los días de su vida.

A veces somos “drama queen”; otras, somos la mujer maravilla... Muchas más somos simplemente insoportables (posiblemente el dolor esté siendo insoportable), pero la mayoría de las veces somos alguien que quiere seguir su vida común y corriente y, simplemente, no tener al dolor como compañero estable en tu vida. Quisiéramos que nuestros días sean cotidianos y no indescriptibles; eso sería un descanso.

Te distraes, dolor; estás en el cine, dolor; estás trabajando, dolor; te encanta algo o alguien y te encantaría hacer mil cosas, dolor; quieres dormir, dolor... En serio que quieres dormir, dolor: lograste dormir, te despierta el dolor.

Quisiera decirte que si decido que nos veamos durante una crisis de dolor (que puede ser de meses como ésta, con sus épocas de picos peores que pandemia, a veces más bien una cordillera, pero otras nivel Himalaya) mirarás no mi cara de “bueno, vámonos ya”, sino que entendieras que eres alguien que aprecio y que me genera la suficiente confianza para actuar tipo “bueno, suficiente, que rico verte, pero ya me voy para mi casita a tumbarme en la cama porque no soporto un segundo más estar afuera, en el mundo, y quiero estar en la paz de mi casa”.

Si hablo hasta por los codos como secuestrado recién rescatado, es porque no me estoy concentrando en tratar de estar bien, sino que me estoy sintiendo realmente bien contigo; que estoy mucho más locuaz de la cuenta porque hacía mucho rato que no hablaba tranquila.

Las personas con dolor no somos fáciles: no tengo una espalda, un brazo o una pierna en carne viva que te ayude a comprender lo que estoy sintiendo. Nos miras y todo parece perfecto. No sabes que mis nervios están gritando que huya de unas brasas de fuego que no existen.

Tengo una amiga que me pregunta “¿dónde quieres que nos sentemos?”, porque sabe que sentarme me duele. Para mí, eso es oro. Saber que no necesita entender o vivir lo que siento, sino ser consciente de lo que siento. Esa simple cortesía da una libertad y una paz indescriptibles.

Confieso que con dolor no soy, precisamente, una cajita de música. Así que pido perdón y agradezco la paciencia y tolerancia de las personas que me rodean. Los que comparten tantos espacios conmigo lo saben, y pido disculpas por ello. ¿Mi humor negro? Pues es porque he decidido reírme a pesar de todo (y reírme de mí misma puede ser de lo mejor); sé muy bien que no tengo alientos para convertirme en un ser de luz. Y sí, puedo ponerme irritable. Y pasa incluso con quienes quiero. Entonces decido alejarme. Es eso.

No tomes a mal que diga que quiero estar sola. Y si digo “tengo ganas de estar de ermitaña unos días”, no tiene nada que ver contigo; quiere decir que estoy tan agotada de tratar de estar bien con la gente, que estoy cansada de tratar de estar bien o de quejarme. No quiero hablar todo el día del dolor, ni orbitar alrededor de él. No quiero vivir quejándome. No quiero estar pensando en la lista de los “ya no puedo”. No quiero que el dolor que sea el centro de mi vida y pienso en lo que me ha enseñado, pero eso no hace que duela menos.

No me preguntes si he estado leyendo algo para distraerme y pensar en otra cosa. Es difícil concentrarse con dolor. Se vuelve más fácil poder escuchar audiolibros porque lo puedes hacer boca abajo, con los ojos cerrados, la luz apagada y una compresa fría en la espalda.

Sé que para ti algunas posturas son de lo más natural, pero para mi no lo son. No me preguntes por enésima vez si quiero sentarme, si ya te lo expliqué mil veces. Es frustrante no poderme desparramar tranquila en una silla como tú, y sé que al intentar hacerlo voy a estar peor.

A todos los médicos que me han hecho bloqueos y me hayan sacado de una crisis de dolor, los amo (y no se tengan celos que no hay orden, excepto que Carlos es para mí el top porque fue quien me rescató). A mis colegas que me ven de paciente y pasan a hacerme reír, GRACIAS.

Tengo muy claro que hoy es un buen día para mí. Siento el descanso de mi cuerpo. Y mañana espero que sea también un buen día, y que ojalá siga así muchos días más. Pero también sé que nada está garantizado y que no tengo que sentirme culpable o derrotada si el dolor vuelve. Si vuelve, será respirar profundo y volver a empezar. Por hoy, agradezco a la vida que me prestara una compinche mientras esperábamos que nos pasaran a quirófanos. Ahí estábamos las dos, compartiendo risas mientras nos retorcíamos incómodamente en la silla que no soportábamos, pero no importaba, porque más que estar en club de “querido diario: mi sufrimiento”, estábamos en la etapa de reírnos del bullying que nos trae la vida.

Reírnos de cómo los que nos quieren se ríen de que un “ya voy” sea de 15 minutos, y no precisamente por estarnos maquillando; o que nos regalen un pastillero y ese sea el mejor detalle; o recordar que tus hermanos te pusieron de apodo “Robocop” porque no girabas la cabeza.

Querida compañera de silla de ruedas, y de hambre y de sed y de frío: te deseo lo mejor para tu cumpleaños. Que pases un día sin dolor y durmiendo, acompañada o sola pero, sobre todo, tranquila. Y si eso es en un hospital, que lo disfrutes al máximo.


* Médica. Mujer. Profe. Intensivista en pandemia.

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