• Ambiental News-Miguel Á.

La Asamblea


Por Ricardo Medrano Torres *


Son las siete horas más veinticinco minutos de la mañana. Oficinistas, comerciantes, víctimas de la resaca y vecinos atraviesan la Plaza de Santo Domingo y el Portal de los Evangelistas. Del otro extremo de la acera un saludo emerge estruendoso, todos lo escuchan, pero nadie presta atención. Es un recordatorio familiar para Canalla. El aludido responde mostrando el codo para corresponder en la misma medida con un saludo para la progenitora de su interlocutor.

Un aire frío que despelleja recorre las calles. Los vendedores circulan en sus vehículos integrados: anafre, tamales, atole y rocola, todo en combo. Los parroquianos se abastecen con los de verde, los de rojo, los de rajas y los de dulce; otros piden su guajolota, para que el cuerpo sienta lo que recibe y las reservas calóricas alcancen para la jornada laboral que se avecina.

Durante el mes de julio de cada año, se celebra la encerrona en casa de El Sastre. Todos están convocados. Cada miembro del club puede llevar, máximo, un invitado. Entre los más notables, los que nunca fallan, están Patotas, Salem, Maya, Esther, Roche, Canalla y Concha La Charra. Aunque La Asamblea ha llegado a conformarse por más de treinta participantes, entre asiduos e invitados. Sólo dejan de asistir los que mueren: se les recuerda con anécdotas, siguen formando parte de la mesa, en la memoria.

Hay reglas básicas no escritas: cada uno puede acudir con la bebida alcohólica de su preferencia. No hay obligación de compartir, aun la solidaridad se destaca como gesto de generosidad. Las enormes bolsas van llenando sus panzas negras con botellas vacías de todo tipo de bebidas de los dioses. Cada uno elige su propio veneno y decide cuándo detenerse. No es obligación permanecer hasta el final de la reunión. Tampoco es competencia. Todo es voluntario. Todos tienen oficio u ocupación, hay comerciantes, ladrones, coyotes de la casa de empeño, empleados de imprentas, meseros, prostitutas y el propio Sastre, que es el anfitrión. No hay cuota. La cortesía aprovisiona a los seguidores de Baco que desinteresadamente comparten viandas variadas que sirven para recuperar un poco las fuerzas: pollos rostizados, tortas de pierna y jamón, tamales, tacos de carnitas, quesadillas, sopes…

Todos salen a cumplir con sus labores y, cuando vuelven, siempre regresan con alguna aportación alimenticia. Un buen número de ellos se mantiene firme y atento durante los momentos más críticos de la batalla, hasta que la sesión se levanta. Duermen a ratos, el resto del tiempo lo dedican a beber, a escuchar o emitir algún comentario ocasional. También hay momentos de introspección colectiva, ahí el silencio manda: cada uno escudriña en su interior y convive con sus demonios.

Canalla abandona un momento La Asamblea, llama a su madre por teléfono y argumenta que está detenido; no menciona el delito, pero Doña se inquieta y manda al Trosmoya, su nieto, a rescatar a Canalla, que dio señas de estar en la delegación de El Carmen. Doña arma caballero a Trosmo, le da una bolsa de papel atiborrada con tortas de huevo con Jamón, también le da varios billetes y le insiste que los debe guardar muy bien en la pretina del pantalón, entre el resorte del calzón y la incipiente lonja del regordete.

— Tú llegas a la delegación y preguntas por tu tío, les mencionas su nombre. Preguntas de cuánto es la multa, la pagas y te fijas que lo dejen salir—, dice inocente Doña. Ella se gana la vida en una ventanita revendiendo pan que merca en la panadería La Macarena, de la colonia Maravillas.

Trosmoya aborda el camión que lo lleva al metro y luego de una serie de caminatas se apersona frente al secretario de actas que lo saca del error y le dice que nadie con el nombre mencionado ha sido remitido a esa delegación durante las horas recientes.

El muchacho da media vuelta y camina hacia la calle; desde ahí, Canalla, quien lo ha estado observando acompañado por su camarada Patotas, lo toma del brazo y le pregunta ansioso por el dinero. Trosmoya le extiende la bolsa de tortas.

— No, wey. El dinero. Cómete las tortugas o tíralas—, dice fastidiado.

Canalla extiende la mano y da un zape en la choya a Trosmo. El muchacho se soba la mollera y se aleja con su bolsa de tortas. Aún están calientes y decide comerse una. El recorrido hasta la delegación le provocó apetito.

Camina por las calles repletas de comercios establecidos y callejeros. Buzo con la rata —le ha insistido su tío Canalla—. Uno se la sabe porque es rata coluda de ojos rojos y cola pelada, pero tú tienes cara de wey y llamas la atención para barquearte— insiste Canalla a quien ya lo agarraron dos veces por mano larga y, en ambas ocasiones, su santa jefecita lo ha librado de ir parar a la grande. Hasta los "judas" insisten en darle calendario por ser cliente frecuente.

Trosmoya camina alerta entre los puestos de ropa, de fayuca, de fritangas, pero mantiene el temple. Total, si la rata lo atrapa, sólo le birlará cuatro tortas de jamón con huevo y chile en vinagre, y algunos pesos que le dio la abuela para el camión de regreso.

En la calle Soledad, Trosmo hace como que no mira, pero echa ojo a las muchachas de mega cinturón. Mira la fila de mirones que apretujan sus chamarras contra el estómago intentando cubrir su excitación. Se conforman con entretenerse como el perro del carnicero: mirando la carne y haciéndose las ilusiones. Dos diableros se enfrentan, charrasca en mano, para arreglar diferencias. El respetable ni se inmuta, sólo abre cancha: no vaya a ser que se les vaya un fierrazo y uno sin deberla ni temerla termine con la panza dividida. Canastas de limones amarillos son ofertados por kilo, los verdes son más caros porque el tiempo que les falta por madurar permite al cliente que pueda almacenarlos un tiempo mayor. El ambiente huele a canela, clavo, comino, chile piquín, chile de árbol, guajillo, pasilla, morita; flota el olor a cartón, madera, fruta, sudor rancio y lodazal.

Trosmoya pone especial atención en una mulata, una Rarotonga de la jungla de asfalto con peinado afro y enormes arracadas doradas que le besan sus cachetes brillantes como de aceituna negra. A sus quince años, el chiquillo imagina cosas y prefiere alejarse a toda prisa del demonio de la tentación.

En casa de El Sastre, Canalla ocupa su lugar: hay parque para seguir la batalla, cortesía de su jefecita. Roche trabaja en una farmacia, propiedad de su tío, hurta las drogas controladas y las vende entre los adictos del barrio. El Sastre sólo toma descansos entre proyecto y proyecto, su mayor orgullo es vestir artistas. En su sala tiene una enorme foto autografiada de la cantante Lucha Villa, enmarcada en bronce. Al pie de la foto, una lámpara eléctrica se mantiene encendida, día y noche, devotamente. La única licencia que se toma El Sastre en su propia casa es la interpretación, hace play back a las canciones de Lucha, se hace acompañar por el mariachi tocacintas:

Ya te pedí perdón/ y no me quieres perdonar/ qué quieres que yo haga/ que me quede o que me vaya/ porque no puedes evitar/ que lo quiera/ es más, lo amo…

— Dices que me quieres y hasta la madre me mientas— grita la concurrencia que festeja los ademanes y gesticulaciones de El Sastre, quien repite cada noche el espectáculo.

De vuelta en casa, Trosmoya es acosado por la abuela que insistente pregunta: ¿Qué pasó? ¿Cómo está? ¿Pagaste la fianza? ¿Lo dejaron salir? ¿Ya había comido? ¿Estaba flaco? ¿Lo golpearon? ¿Qué hizo? …

Ágilmente, el muchacho responde las preguntas con respuestas más piadosas que objetivas. ¿Cómo responder que el asunto de la delegación se trataba sólo de un burdo chantaje sentimental? Pero Trosmo no era quién, o, por lo menos, así lo entendía, para erigirse en juez de los involucrados: Doña, dispuesta al chantaje y al sacrificio por el vástago, muy al estilo de Sarita García; Canalla, convencido de que sacar ventaja de la disposición de Doña no significaba más que darle al público consumidor lo que sus propias pretensiones requerían.

Trosmoya recién ha presentado el examen de admisión al bachillerato. El cartero se ha convertido en el personaje más esperado de la colonia, una especie de ángel o demonio, dependiendo del tamaño del sobre que entregue.

Si el envoltorio es grande, los documentos del interesado le están siendo devueltos junto con una carta de agradecimiento por su interés por pertenecer a la Universidad Nacional. La llegada de un sobre pequeño significa que el interesado debe llenar una serie de formatos y presentarse al plantel universitario que le ha sido asignado.

En casa de El Sastre, están por cumplirse dos semanas de encerrona. Un gato callejero, a quien le gusta colarse por la ventana abierta del taller, disfruta del pellejo adherido a las sobras de pollo rostizado dentro del bote de desperdicios. Nadie hace caso del peludo, le han tomado cierto aprecio por su desparpajo a la hora de tirarse panza arriba sobre la alfombra persa que sirve de camino entre la sala y la cocina. La alfombra es regalo de un cliente agradecido de El Sastre: cada año lo visita desde el Medio Oriente para que le confeccionen quince trajes con telas finas diferentes que él mismo ha comprado en sus viajes por el mundo.

De vez en cuando, cada uno, atento a sus propios tiempos, responsabilidades y exigencias, sale a trabajar o a hacer negocios, o bien, a llamar por teléfono a sus respectivas familias para avisar que están bien y cerciorarse de que la familia también lo está. Después vuelven a La Asamblea con su respectiva bebida y su bolsa de viandas para compartir.

El Sastre, ocasionalmente, sale de su taller que está contiguo a la sala, vuelve al pleno, y bebe un par de copas. Agita nerviosamente las manos, como expulsando, a borbotones, cargas eléctricas invisibles hacia el techo. Después regresa al trabajo, mientras cada uno en La Asamblea regurgita sus propios pensamientos, distribuidos sobre la amplia mesa del comedor y los amplios sillones de la sala.

Han pasado trece días desde que inició La Asamblea de este año. Las bajas han sido numerosas. Sólo quedan varones. El ruido de las máquinas de coser, en el taller contiguo, apuntalando telas y forros semejan una sinfonía de metales ardiendo en el purgatorio. Es tan constante, que en cierto momento del día y de la noche, el oído termina por acostumbrarse, por volverse un amasijo de espíritus exaltados y máquinas adheridas a las almas de todos los integrantes del pleno.

En casa de Canalla, Trosmoya espera con ansia la llegada del sobre con su carta de aceptación al bachillerato. Calma un poco las ansias acuchillando los bultos de frijol en la incipiente bodega de la tienda de Doña. Hay cajas de cerveza apiladas, rejas de refresco, bultos de frijol y maíz quebrado para alimentar a las gallinas. El cartero hace sus entregas a bordo de una bicicleta. Su uniforme decolorado por el sol muestra que tuvo mejores épocas: los botones de su chaqueta, cosidos y recosidos, amenazan con crisparse debido a la contención extrema de su rechoncho vientre.

Así han transcurrido ocho días de espera del sobre, también de acuchillamientos al costal de frijol. Cualquier pitido acelera el pulso de Trosmo cuando se confunde con el silbato del cartero. Hasta el afilador de cuchillos puede inquietar un alma que espera noticias. La abuela lo sentencia:

— Si no te aceptan en la escuela, vas a trabajar en la tienda. Ni que fuéramos ricos para inscribirte en una escuela particular.

El propio tío Canalla también propuso empleo para Trosmoya, en caso de no ser aceptado en el bachillerato:

— Tengo amigos que chambean coyoteando en el Monte de Piedad; también puede irse de machetero con el don de la casa de materiales, también de chalán con los Pechochos.

Los Pechochos son un par de albañiles contratados por la abuela para construir formalmente el primer nivel de su casa. Gustan del pulque mañanero y después duermen la mona en el interior del tinaco vacío. Se dicen “pechocho”, con cariño, uno al otro, por eso el mote que les acompaña y no les incomoda. Trosmoya trabajó como chalán, durante una semana, con los Pechochos, ahí decidió que lo suyo no era la asoleada ni amarrar tendidos de varillas para la losa.

En casa de El Sastre se hizo de noche. Aunque en este sitio es indistinto conocer la hora por la luz natural del sol: las pesadas cortinas de terciopelo rojo obstruyen cualquier contacto con el exterior.

El gato, con su pelaje esponjado, hurga en el bote de los desperdicios. Otra bolsa negra, grande, desborda botellas vacías. Pese al nutrido número de días que La Asamblea ha sesionado, el mínimo orden se ha mantenido: la mesa sin moronas ni desperdicios y el baño ha sido lavado un par de veces. La mesa nunca ha quedado totalmente vacía y El Sastre sigue trabajando de forma continua, sólo recurre a momentos de descanso esporádicos. Ocasionalmente se retira a su recámara, durante un par de horas, después regresa a La Asamblea, a las telas y a las máquinas de coser.

Son las siete de la mañana. El Sastre luce desmejorado. Mira el gato amodorrado en un cojín que yace sobre el piso. Todos en La Asamblea lucen como el gato. Hay silencio. Sólo el gorgoteo de los vasos llenados, de vez en cuando, regalan a los oídos del respetable su anhelado tintineo. El Sastre apaga la luz de la sala y enciende el mariachi tocacintas, la lámpara eterna que rinde tributo a Lucha Villa obsequia sombras chinescas. El gato parece poner atención a la melodía. El hombre canta:

Amanecí otra vez entre tus brazos/ y desperté llorando de alegría/ Me cobijé la cara con tus manos/ Para seguirte amando todavía…

El Sastre desanuda su corbata —siempre ha sido un partidario de la elegancia—. Mueve los labios e intenta seguir la letra, pero la voz de Lucha parece ir más rápido. En perfecta sincronía, la canción termina, el artista cae de rodillas y un estruendoso aplauso espanta el gato que huye por la ventana abierta del taller. El Sastre sigue de rodillas sobre su alfombra persa. La Asamblea guardó silencio unos minutos. El artista vive del aplauso y recibe el baño de las palmas que al ego bien le sienta en todo momento.

Los miembros de La Asamblea se disponen a ordenar el lugar. No hay prisa. Canalla se ofrece a sacar la bolsa repleta de botellas, arrastra la bolsa por la Plaza de Santo Domingo. El camión recolector de basura está al otro extremo de la plancha. Piensa en llamar a su madre para aplicar la del chantaje y obtener unos billetes. Del otro lado de la línea, Trosmoya levanta el auricular y reconoce la voz de su tío. Aunque es temprano, finge que el cartero toca la puerta y deja descolgada la bocina. Recargado en la caseta telefónica, Canalla se cansa de esperar en la línea. Cuelga el teléfono.

Un saludo estruendoso emerge del Portal de los Evangelistas. Canalla enseña el codo mostrando los debidos respetos para la progenitora de su interlocutor.


* Licenciado en Periodismo y Comunicación Colectiva por la UNAM. Poeta, narrador y editor. Ha publicado en El Financiero, Revista Generación, Versus, Alterarte, Nezáfora, Cultura Urbana, Maraca News, Ala-Tinta, Los deseos de la cachorra y Hotel Cinco letras.

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