• Ambiental News-Miguel Á.

La bioética como disciplina para evitar la extinción de la especie humana


Los estudios de los valores y principios éticos del comportamiento humano en el campo de las ciencias de la vida (la biología) del cuidado de la salud (centrada en la relación médico y paciente) y de la organización social (la democracia) son investigados a la luz de las virtudes o cualidades, así como de las deficiencias o vaguedades que nos caracterizan en un sentido práctico y que nos hacen responsables de la construcción o destrucción de las bases morales, culturales y, particularmente, de la conciencia en bien de la madre naturaleza.

La valoración de tan significativo deber social comprende el que se hagan cumplir las leyes y/o los mecanismos legales de solución a los problemas medioambientales, y que seamos conscientes al orientar nuestra educación y acciones para llevar a cabo sanas prácticas hacia la Tierra. Tal perspectiva engloba un inquietante enfoque pragmático en las entrañas de las sociedades que consideran complicado tal unanimidad, ya que la mayoría se caracterizan por una interculturalidad horizontal y sinérgica, además, de desempeñar sus roles sociales con intereses y concepciones antagónicas.

Tan enrevesadas contrariedades, lamentablemente nos han llevado a confrontaciones que han terminado en guerras, muerte, hambrunas, enfermedades, estragos económicos y culturales, asimismo, a la destrucción de un sinnúmero de entornos naturales y artísticos, por lo que es sensato alzar la voz con dignidad a favor del respeto de todos los miembros y grupos de las sociedades; observar las reglas de entendimiento y discernir las diferencias en un acuerdo de procedimientos que garanticen el que cada individuo pueda establecer su concepto de felicidad y de vida en justicia y libertad. Éste es el núcleo del Estado de Derecho.

En ese sentido, la bioética es reconocida como la ciencia normativa del comportamiento humano aceptable en torno a la vida y a la muerte. En 1971, el químico y oncólogo holandés Van Rensselaer Potter II, la concibió y definió en relación entre el ámbito de las ciencias de la vida y sus hechos, así como de los valores éticos en su trabajo Bioethics: bridge to the future (Bioética: puente hacia el futuro) que, desde entonces, ha sido clave para trabajar por un cambio de paradigma que transforme las bases de las culturas y la educación predominante en un mundo globalizado y de crecientes desigualdades a causa del insaciable capitalismo.

Contundentemente, la bioética no quiere principios categóricos abstractos ni que se impongan autoritariamente, tampoco, pretende un sistema de normas incuestionables, simplemente, resuelve concluir en los hechos y en valores éticos con equidad social.

Potter comprendió la ambivalencia que definen a las sociedades tecnocientíficas e industrializadas, las cuales se determinan por la antítesis de poseer la capacidad de generar grandes recursos de todo tipo, mientras que un alto porcentaje de la humanidad y el medio ambiente siguen padeciendo dramáticos problemas de explotación económica, injusticia social, deterioro progresivo e incluso irreversible en muchos ecosistemas.

En el primer capítulo de Bioethics: bridge to the future, Potter afirma que esta disciplina debería partir de la tesis de que «…la humanidad necesita urgentemente una nueva sabiduría que le proporcione el conocimiento de cómo usar el saber para la supervivencia y la mejora de la calidad de vida. Así, la especie humana puede sobrevivir sólo si el ecosistema que la integra es capaz de reponerse y sobrepasar la violencia ejercida a lo largo de la explotación económica de la naturaleza».

Con la aparición del género Homo —hace unos 2.5 millones de años— y con su natural evolución, la humanidad se ha definido por tener cierto poder sobre las especies que comprenden el resto de la biodiversidad. Ahora bien, la racionalidad biotecnológica que caracteriza nuestro presente —como forma particular de dominio sobre la vida— ha llevado hasta el extremo dicha capacidad y a alcanzado una forma paroxística de «superioridad» sobre la propia naturaleza. Este entendido de extremo riesgo y precariedad mental, es uno de los rasgos determinantes del ser humano, que arrastrado por el proceso de «progreso» que se engendró en las sociedades modernas, nos coloca ante una amenaza constante de nuevos peligros, e incluso, de la posibilidad de una caída definitiva que lleve a nuestra propia extinción.

Entonces, habría que reflexionar sobre el obstáculo que nos empantana la conciencia global de una ética ecológica y, de que nuestros sistemas educativos y económicos, más que conducirnos hacia una generosa cercanía con la Tierra, nos aleja de ella.

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