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La doble seducción de Arcimboldo, estaciones y elementos


Por: Fernando Silva


Desde la educación básica se nos habló sobre los períodos del año en que las condiciones climatológicas dominantes tienen un tiempo aproximado de tres meses —invierno, primavera, verano y otoño— asimismo, se nos enseñó que en las regiones de la Tierra cercanas al ecuador son sólo dos ciclos, la estación seca y la lluviosa, ya que en ellas varía drásticamente el régimen de lluvias, pero no así la temperatura. También, se nos instruyó sobre el descubrimiento de los cuatro elementos que generalmente se le atribuyen a Empédocles (siglo V a. C.) aunque el nombre «elemento» aparece más tarde en la terminología filosófica con Platón.

A los cuatro elementos de la naturaleza —fuego, aire, tierra y agua— habrá que agregar la quintaesencia o éter, como parte de los componentes básicos de la materia y que revelan el obrar de la naturaleza.

En ese entendido hemos tratado de comprender el origen de nuestro sistema solar y de la materia física que nos compone, armonizando observaciones, cuestionamientos y reflexiones para entender algo tan majestuoso como lo es la vida, además, de fortalecer la veracidad de la icónica expresión del astrónomo Harlow Shapley, quien en 1929 dijo: «Somos seres orgánicos que nos autodenominamos humanos, hechos de la misma materia que las estrellas». Afirmación que no es ingenua poesía, sino que tiene base científica, ya que todo lo que existe está hecho de los remanentes de estrellas que murieron hace millones de años.

De esta manera y en un sentido amplio, el concepto de «naturaleza» hace referencia a los fenómenos físicos y a toda propiedad o cualidad esencial de los ecosistemas, por los cuales evolucionamos, nos adaptamos y nos desarrollamos. De tal manera, el concepto de naturaleza como un todo -Universo físico- es un concepto que adquirió en los últimos siglos un uso cada vez más amplio con el desarrollo del método científico moderno.

La investigación científica sobre el origen del universo se ha consolidado en épocas recientes alrededor de 1960, la Astrofísica —que en esencia es la alianza de dos ramas de la ciencia, la física y la astronomía— ya contaba con trascendentales logros acerca de la naturaleza de las estrellas y la estructura del universo, así como algunos versados de la naturaleza innovaban con hipótesis sobre su génesis.

En este marco histórico, en el siglo XVI, surgió un espléndido pintor manierista que respondía al nombre de Giuseppe Arcimboldo, que pintó los cuadros «La primavera, el invierno, el verano y el otoño» representando admirables rostros humanos de perfil, conformados a base de todo tipo de frutas que guardan una especial relación con su correspondiente estación del año. Y del mismo modo, en los elementos (aire, fuego, tierra y agua) Arcimboldo pintó perfiles de ilustres personajes y los hizo a base de formas y objetos diferentes: peces, animales voladores y terrestres, llamas, cerillos, velas…

Por ejemplo, en el cuadro agua, integró amplia variedad de animales acuáticos, donde un cangrejo hace de escudo, una raya es la mejilla, la ceja una langosta y la boca es un tiburón. La parte de arriba con ballenas, una morsa, una foca y los brazos de una estrella de mar, dan la impresión de que pudiera tratarse de una corona, también, utiliza una perla deformada a modo de pendiente y un tupido collar de estos productos nacarados.

En el cuadro aire, colocó una bandada de pájaros que forman la cabeza. Un ganso de perfil con la cola de un gallo sugiere ser la oreja, un pavo la nariz, la cola de un faisán la barbilla con perilla… El ojo de un pajarito sirve de pupila y el pico abierto de un pato son los párpados.

Como dato a considerar en la obra de Arcimboldo, es que a petición de la corte vienesa, repitió con frecuencia algunas series de sus pinturas, lo que no ha hecho fácil el identificarles como cuadros originales del artista, pues sólo hay cuatro reconocidos firmados por el pintor. Encontró la oportunidad para desplegar su talento, realizando retratos de la familia imperial, llamando la atención de nobles y reyes. Los emperadores querían tenerlo a su lado y la corte imperial de Viena le llamó su retratista. En tiempos de Maximiliano II, Giuseppe Arcimboldo ya se había consagrado, el día de año nuevo de 1569 presentó ante el emperador las series «Cuatro Estaciones» y la de «Los cuatro elementos». Su larga obra incluye trabajos para documentar espectáculos, recepciones, torneos, representaciones teatrales en la corte de los Habsburgo entre 1570 y 1580. En sus cuadros se aprecia la gran habilidad de Arcimboldo en el tratamiento de las flores, los animales y otros elementos naturales. Así, La primavera forma parte de una serie de estaciones realizadas en homenaje al poder de la dinastía imperial y presentados solemnemente en 1563 al emperador Maximiliano II, junto a una complementaria serie dedicada a los elementos naturales.

Giuseppe Arcimboldo es un autor poco conocido del período de grandes genios individuales del manierismo italiano de la segunda mitad del siglo XVI que padeció un prolongado e injusto olvido histórico. Fue redescubierto a principios del siglo XX gracias a que Alfred Hamilton Barr Jr. -primer director del Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York- lo incluyó entre los artistas precedentes del movimiento surrealista europeo en la legendaria exposición Fantastic Art, Dada, Surrealism, del año 1936. Desde entonces su renombre ha ido creciendo, principalmente a través de sus geniales cabezas compuestas.

Estimado lector, si le es posible, dese la oportunidad de ver parte de su obra acudiendo al sitio en Internet: https://www.giuseppe-arcimboldo.org en donde podrá disfrutar de tan importante y singular pintor italiano que retrató utilizando magistralmente elementos de la naturaleza.

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