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La interculturalidad desde el ámbito de las bellas artes



Por: Fernando Silva


Cualquier investigación que permita ampliar el conocimiento para razonar sobre el comportamiento humano y el ethos de la interculturalidad con la finalidad de desterrar la exclusión social e incorporar de manera contundente el marco legal que se establece en la lista de los derechos humanos para la protección y participación plena de toda persona, resulta crecidamente conveniente para gozar de libertad de pensamiento, de palabra y de la erudición necesaria para valorar las tradiciones representativas de cada pueblo, los recursos naturales que nos otorgan sentido de identidad y de pertenencia, así como el conocer y hacer valer las normas nomotéticas que nos permiten percibirnos entusiasmados por haber logrado aquello que es proporcionado al mérito y condición sin desdoro, como el encaminar la vida con la mayor dignidad asequible. Tan sólo por mencionar un privilegio remuneratorio.

Para que esto resulte, y más si lo pensamos en bien común, es importante tener en cuenta que toda disposición de participación ética-social se ampara, de mejor manera, a través del diálogo y del respeto a las ideas, creencias y prácticas de los demás, asumiendo determinación de ánimo y voluntad que admita dar a cada quien lo que obtiene en cuanto a principios y normas inspirados en nociones de justicia y orden; siendo imprescindible discurrir antes y durante el intercambio de juicios, incluyendo la prudencia en nuestro lenguaje corporal y verbal. Así, los modelos semióticos observan y estudian la comunicación como un proceso de transmisión de información de un punto a otro, mientras que los dialógicos refieren su significado como un proceso horizontal de «co-construcción del conocimiento».

Entonces, si valoramos la diversidad de culturas que existen en el mundo —reconociendo que las relaciones entre los países no siempre son armónicas ni justas, hablamos de igual forma de interculturalidad, pero como una búsqueda por hacer que la diplomacia entre las naciones sean equitativas, respetuosas e imparciales. De ahí el apremio por instar a los gobiernos para que esto sea uno de sus indispensables empeños para guiar las relaciones humanas —en todos los estratos— así como en los proyectos formativos basados en la integración de los valores que dan dignidad a mujeres y hombres, de manera que se conozcan sus singularidades y de que se anule el modo de pensar y de actuar según el cual algunos países son más valiosos que otros. Por lo tanto, es preciso que observemos nuestra contribución en todos los ámbitos de la vida, procurando que las derivaciones de nuestro proceder sean conscientes y de alta consideración hacia todo ser viviente, a los recursos naturales y a nuestra Madre Tierra.

El mejor soporte para hacer lo adecuado conforme a lo que nos genera calma, armonía, alivio mental y paz, lo tenemos en las virtudes como la prudencia, la templanza, la justicia, la perseverancia, el respeto, la generosidad, el diálogo, la solidaridad… siendo, en consecuencia el mejor de los patrimonios que podamos otorgar a cualquier persona que, habiendo recibido educación e influjos culturales y sociales semejantes, adopta una actitud —en el ámbito del pensamiento o de la construcción social— con óptima conducta de convivencia. En consecuencia, la humanidad sostenida por la conciencia se asemeja a la conspicua cualidad de la naturaleza y a una mayor calidad de vida. Quizás de este modo, se logre prevalecer la sensatez en uno mismo y proceder en concordia a un coherente orden universal que, a su vez, es parte de un todo. De este modo, experimentar gozo en lo cotidiano, estimando lo que sobreviene en términos de satisfacción física, anímica y mental, es parte de lo que representa educarnos y formarnos lúdicamente con los fundamentos que brindan los argumentos de las bellas artes, lo que propicia el desarrollo recreativo e intelectual de las características innatas que definen a una persona en sus relaciones personales y sociales, así como tener la sana disposición para hacer algo que brinde alegría y confianza para resolver con inteligencia y tolerancia cualquier eventualidad. De ahí que las ideas, las intenciones y las indagaciones en bien común pueden y deben ser divergentes y convergentes, por cuanto la riqueza que brindan las profusas reflexiones de los creadores que exaltamos la combinación de explícitos factores y circunstancias de grado ético y moral que se presentan durante nuestra existencia.

Tomemos como referencia la experiencia estética del movimiento surrealista, fundado en 1924 por André Breton. Y en donde la percepción constató la consistencia de lo representado y advirtió el profundo concepto de los elementos visuales, así como el lenguaje de la forma y/o de los trazos obtenidos, mismos que se manifestaron con una capacidad de análisis percepto-cognitivo en la composición a través de una «realidad» que desarrolló el pensamiento de cada autor, el ensimismamiento del espectador y la síntesis que representa la creación observada. En ese sentido ¿Cómo distinguir hasta donde llega lo bello frente a los valores humanos y de la naturaleza? Y porqué es recurrente escuchar ¿De qué se trata? ¿Qué quiso expresar? ¿De dónde surge su pintura o literatura? Comprensiblemente, hay personas que desconocen las técnicas y los argumentos de quienes expusieron tan significativa expresión plástica, por lo que es viable comentar que un juego de palabras llamado «Cadáver exquisito» fue utilizado para hacer florecer la creatividad grupal, lo que favoreció el que lograran tan cautivadoras piezas. El efecto psíquico sobreviene por la contemplación de algo que está en la pieza, algo que se intuye y se acoge emotivamente e inconscientemente en la intimidad del cerebro.

Desde esta perspectiva, las bellas artes ejercitan nuestra percepción de la «realidad» y nos preparan para lo no conocido, ofreciéndonos un repertorio a partir del cual desarrollar respuestas apropiadas a experiencias con las cuales no nos habíamos enfrentado, es un modo diferente de entender la vida, por lo que esa transformación mental nos ayuda a coexistir con mayor tolerancia a las contradicciones y sentimientos descubiertos, lo que nos permite de manera responsable y fraterna vivir en un mundo alternativo en donde la concordia, el respeto, la justicIa y la dignidad sean parte fundamental para pensar en el bien común y en establecer códigos de alta armonía.

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