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La verificación: gran negocio sin beneficios ambientales


Análisis


Por Jorge Messeguer


A principios de la década de los 90, en el entonces Distrito Federal y zona metropolitana, se alcanzaron niveles muy elevados de contaminación del aire debido al aumento de vehículos automotores que circulaban todos los días por sus calles y avenidas. Se produjo una alerta ambiental que llevó a diseñar un programa que limitaba el uso del vehículo según la terminación de las placas, el famoso "hoy no circula".

Derivado de este programa se implementó de manera obligatoria el programa de verificación vehicular. Este programa consistía en hacer una revisión física de los vehículos para medir los gases contaminantes emitidos para que éstos no rebasaran las normas permitidas y los parámetros que en esos años se tenían en materia de regulación ambiental.

En la práctica este programa obligaba a los automovilistas a tener sus vehículos en buen estado, se decía coloquialmente tener bien afinados los coches.

Hoy este término se sigue usando pero ya no corresponde con la realidad mecánica de los motores. En aquellos años prácticamente todos los vehículos funcionaban con carburador, un dispositivo que mezclaba la gasolina con aire para inyectarlo al motor. Este sistema era sumamente ineficiente y contaminante. También en aquellos años los coches eran más grandes y pesados, con motores enormes y muy ineficientes. En estas condiciones implementar un programa semestral de verificación se justificaba ampliamante.

Con los años los motores, los automóviles y hasta los combustibles han evolucionado hacia un mejor rendimiento. Ahora los vehículos son más pequeños y ligeros, los motores también han reducido su tamaño y desde hace dos décadas prácticamente funcionan con sistemas de inyección electrónicos cada vez más sofisticados y eficientes, con catalizadores, filtros de partículas y de gases.

Los carburadores quedaron en el pasado, aunque todavía decimos que vamos a afinar el coche cuando lo llevamos al taller para hacerle un servicio mayor y así garantizar que pase la verificación.

Actualmente existen parámetros y normas internacionales como la EURO, que permiten regular y reducir cada vez más la emisión de gases contaminantes y de efecto invernadero.

Como ha pasado en México con muchos programas, la verificación se ha convertido en un enorme negocio de los gobiernos estatales asociados con particulares. Y en el caso de Morelos, además de gestores (coyotes) que merodean alrededor de los centros de verificación, en un negocio monopólico que tiene a los clientes cautivos. Es monopólico porque las concesiones las otorga el gobierno estatal discrecionalmente a sus amigos y socios.

La reducción de contaminantes y el cuidado ambiental siguen siendo la justificación para mantener un programa que se creó hace 30 años en unas condiciones completamente diferentes a las existentes hoy en día.

No digo que se deje de cuidar al medio ambiente, que no se mal interprete. Digo que la eficiencia de los motores actuales es infinitamente mayor a la de los que usaban carburador. Son muchísimo menos contaminantes que hace 30 años. Por lo tanto, es necesaria una revisión en los tiempos y las condiciones del programa de verificación. La tecnología ha avanzado muchísimo, pero el programa de verificación no se ha adecuado a estos avances. Simplemente se ha adecuado al interés económico de los gobiernos y de sus socios particulares.

Las políticas públicas ambientales y en materia de movilidad deben avanzar no sólo verificando a los autos particulares, sino implementando políticas que reduzcan el uso del vehículo particular e incentiven el uso del transporte público.

Desde luego, esto conduce a la modernización del transporte público, sustituyendo la flota vehicular y migrando hacia vehículos híbridos y eléctricos, como ya se hace en Guadalajara, CDMX y otras ciudades del país.

Hagamos cuentas: si en Morelos hay más de 600 mil vehículos particulares con placas del estado (y me quedo corto), aunque no circulen aquí, verifican dos veces al año y el costo es de 1,150 pesos anuales, el negocio ronda la cantidad nada despreciable de 700 millones de pesos. ¡Qué maravilla de negocio. Y como ciudadanos no tenemos opción!

Así pasó con la famosa tenencia vehicular, de ser una fuente temporal de ingresos con motivo de los juegos olímpicos de 1968, se transformó en un impuesto que se quedó por décadas.

En Morelos le llamamos refrendo, y no sirve para nada más que para financiar el gasto corriente del gobierno.

Se podría usar para mejorar la movilidad y modernizar el transporte público, reducir el uso del auto particular, la contaminación y evitar el impuesto ambiental particular que significa la famosa verificación vehicular, por ejemplo.

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