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La violencia, la mayor vergüenza de la humanidad


Por: Fernando Silva


Una serie de perjudiciales hechos en las relaciones humanas que generan lesivos estados mentales y hasta físicos, se manifiestan a partir de humillar la autoestima o la dignidad de alguien, por lo que ¿se podría decir que esta conducta es inherente a nuestra especie? En todo el mundo, deben ser escasas las personas que se escapan a este asiduo proceder, bien por ellos, pero algunos nos vemos en la necesidad de activar diversas destrezas para lidiar con mesura, conciencia y sin perífrasis a esos bretes, pero buena parte de la gente hace frente a estos acontecimientos con represalias cargadas de ira o con odio, otras, simplemente haciendo como que no sucedió el agravio, inclusive llegan a decir: «No pasó nada, con que no haga caso» lo que puede resultar disfuncional o no, según la repercusión sobre el bienestar de quién aplica cada estrategia.

De esta manera, las nociones de culpa o perdón son parte inseparable de los inconvenientes cotidianos de toda persona, lo que nos permite reflexionar en el cómo lo determina cada quien y si acepta o no la falta cometida. Cavilemos que quizás —el individuo que ofendió— no se dio cuenta de su desacierto hacia quien o quienes maltrató, y que seguramente va por la vida sin ninguna inquietud ética, ahí las capacidades de diálogo y de inteligencia tendrán que lucirse en paciencia, tolerancia, ecuanimidad, rectitud, respeto, argumentos… para acercársele y lograr que reconozca su mal proceder, teniendo en consideración que ese patético actuar pudo ser por venganza. Entonces, se tendría que estar atento a los diversos escenarios para equilibrar las emociones y sensaciones en bien común, condición que seguramente es atendida, de mejor manera, por profesionales de aquello que debe hacerse según el derecho o la razón, así como de los estudiosos de la mente y de la conducta, entre otros.

Ahora, pensemos en cómo afectamos al resto de los ecosistemas y a la Tierra, y de cómo puede ser que las guerras se vean como un mal necesario —bajo los argumentos de quienes las engendran— y que en total imprudencia infieren al margen de los horrores de la lucha armada, las «ventajosas secuelas» se manifiestan, en gran medida, en la tecnología que se utiliza en hogares, escuelas, universidades, fábricas, vehículos, empresas, dispositivos «inteligentes»... Pero, la pobreza, la hambruna, la trata de personas, la explotación infantil, la venta de armas, el maltrato a personas mayores, el clasismo, el fascismo, el racismo, el mercado negro, en concreto, todas las violaciones a los derechos humanos ¿qué pasa? Lamentablemente, estas circunstancias —a buena parte de la humanidad— le tiene sin cuidado, ya que al parecer, sólo muestra interés sobre aquello que no le represente el menor empleo de esfuerzo físico o denuedo mental.

Lo anterior nos lleva a recapitular cómo nos educamos desde los hogares y en los ámbitos sociales en base a primordiales principios de universalidad. Tan sólo dos ejemplos: Primero; si a un menor de edad le pegan, digamos en la calle o incluso en la escuela, es recurrente escuchar a los tutores: ¡No te dejes! y hasta le enseñan a responder con mayor violencia, en lugar de plantearle opciones de sano diálogo en bien de la convivencia. Segundo; en los entornos empresariales y de gobierno, un lamentable y extendido proceder se da a partir del nocivo cohecho y la perniciosa corrupción, en lugar de instaurar y fortalecer las condiciones para el digno funcionar de las naciones y, por ende, de las sociedades. Tremenda poquedad, que mucha gente en el mundo la advierte como «normal» mientras ondea la bandera de la vileza sin darse cuenta o, aún más grave, con cínica y proterva intención.

Por lo tanto, toda unidad lingüística que forma parte del campo semántico de la violencia como: destrucción, contrariedad, quebranto, trastorno y violación, tienen que ver con las ideas de la transgresión y de la delirante subversión, es decir, con una perspectiva consciente o no, frente al estado de derecho y a las normas morales que cada sociedad establece. Por ello, los actos violentos se concretan, principalmente, por efecto del rechazo a las leyes humanas o naturales, pues tan brutal proceder es justamente el que tiende a vencer o saltar un límite por la fuerza. De ahí que el problema de las relaciones sociales sea uno de los temas que con mayor continuidad y de manera universal ha sido investigado a través de la historia, dejando como sombrío corolario el tremendo daño causado a los valores humanos y con alto costo a las convicciones que están íntimamente ligadas a la evolución de nuestra especie, lo que a ninguna persona dedicada a las labores de la conciencia puede dejar indiferente, por lo que es indispensable ajustar, permanentemente, nuestra conducta en bien de las normas y preceptos de la ética.

Para dar alivio a tan enfermiza praxis, deben ser consideradas —en todas las formas de la educación y de la formación profesional— las técnicas y conceptos ejercidos en el estudio y la práctica de las bellas artes, como generoso modelo de expresión de la humanidad. Esto es, que se reconozca, en primer lugar, que el «ser humano» que realiza la saludable práctica social es de por sí, y por herencia, un sujeto con un complejo entramado socio-histórico, el cual influye contundentemente en el bien común de todo ser viviente.

Una vez más distinguido lector, no permitamos que la ignorancia y la violencia sean lo que más caracterice a nuestra especie. Es llamativo observar que teniendo todo para ser personas de alta grandeza intelectual, sea algo más que asfixiante el que no logremos —conjuntamente— demostrar que somos capaces de lucirnos en la creación de todo tipo de cosas sin suscitar pobreza, injusticias, humillaciones, dolor y hasta la muerte a un sinnúmero de semejantes.

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