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Los volcanes, claves para la formación de la vida


Por: Fernando Silva

La teoría científica de «Los neptunistas» -obsoleta y desechada, propuesta por Abraham Werner a finales del siglo XVIII- y buena parte de los científicos de finales del mismo siglo, consideraban que la evolución de la Tierra había sido producida por las aguas del «Diluvio universal» asimismo «Los plutonistas» -teoría geológica propuesta por James Hutton- sostenían que la Tierra había sido transformada por los volcanes. En 1654, James Ussher estimó una fecha en base a sus cálculos bíblicos: el 23 de octubre de 4004 a.C., esta data se ramificó y subsistió durante poco tiempo.

Para bien de la humanidad, la ciencia evoluciona. Isaac Newton consideró en 1687, que podría averiguar la edad exacta de la Tierra prescindiendo de la Biblia. De hecho, la incipiente ciencia -no vinculada al cristianismo- tenía ya desde siglos atrás una visión distinta. En el siglo X, por ejemplo, el persa Al-Biruni, al observar fósiles marinos encontrados tierra adentro, propuso que nuestro planeta evolucionaba muy lentamente y que por lo tanto tendría una edad mayor. Fue con James Hutton, que la geología dio el gran salto en la aclaración de las discrepancias. Este escocés ensambló pruebas desconcertantes y descubrió las fuerzas que le dan forma a nuestro mundo, confirmando que el movimiento de las masas continentales, la acumulación por sedimentación de capas de tierra en unos sitios y la erosión de otros, el alzamiento de las montañas y el descenso de otras estructuras rocosas eran como una especie de «máquina» en permanente movimiento y transformación, pero tan lentas que todo ello requeriría necesariamente millones de años para ser evidente.

Además, Hutton fue el primer científico en imaginar que el centro de la Tierra era una bola ardiente y que los volcanes eran respiraderos de ese descomunal horno, revelando dos maneras fundamentales de crear tierra. La roca sedimentaria podía formarse cuando el tiempo y los fenómenos naturales como la lluvia, las heladas y el viento erosionaban el suelo, los ríos llevaban ese sedimento a los océanos y en éstos se comprimían y formaban una nueva roca. De esta manera el núcleo caliente en el centro de la Tierra creaba —en una variación constante— roca fundida que se enfriaba. Tuvo una teoría grande, coherente e impresionante con enfoque definido sobre que la Tierra se devastaba y se subsanaba en un interminable ciclo evolutivo. Su tesis fue tan innovadora que en 1785 la presentó en la Academia Real de Edimburgo.

En la actualidad, la geomorfología es la ciencia geológica-geográfica que estudia el relieve terrestre, su estructura, su origen, historia del desarrollo y dinámica, resultado de la interacción de procesos endógenos y exógenos. El potencial transformador de los volcanes tiene abundantes atributos que suelen pasar desapercibidos. Su actividad geológica y bioquímica genera los principales ingredientes para la vida, favoreciendo el desarrollo de diferentes especies animales y vegetales. Además, esta fuente de energía resulta útil para la humanidad, pues es la base de energía geotérmica.

Constan pruebas sólidas que demuestran que los volcanes gravitan de manera contundente en el desarrollo de la vida, principalmente, en la actividad de las chimeneas hidrotermales submarinas. En esas profundidades -en donde prácticamente no hay luz solar- cohabitan diferentes especies, como cangrejos o anémonas, mismas que aprovechan las sustancias químicas como fuente de energía, que son generadas por los respiraderos. Esta energía procede del sulfuro de hidrógeno, hierro, metano, hidrógeno, moléculas y otros elementos, lo que suscita que microbios y demás animales asociados a los volcanes submarinos sean incomparables a los del resto del océano, que obtienen su energía de la luz solar o de organismos cuya energía deriva del Sol. Asimismo, el hierro emitido por los volcanes submarinos, es arrastrado por las corrientes marinas nutriendo al fitoplancton del que, a su vez, se alimentan cientos de especies. Fuera del agua, en un entorno igual de inhóspito, los volcanes, con su vapor y su calor, permitieron que muchas plantas y animales sobrevivieran a diferentes períodos glaciales.

Un dato a considerar. México alberga a 22 de los 300 volcanes activos del mundo, tan sólo trece de ellos han producido erupciones en tiempos históricos, actividad originada por la dinámica en la zona de subducción del Pacífico, las fallas que de Este a Oeste configura el Eje Neovolcánico Transmexicano, lo que constituye que sea una de las regiones geográficas con mayor actividad y, por ende, de tierras con alto potencial de cultivo, así como de contar con amplia variedad de flora y fauna nativa.

Obviamente la humanidad ha experimentado el dinamismo de los volcanes, pero los importantes beneficios que nos ha dado son más que significativos, y sólo por mencionar algunos tenemos: La recarga de mantos acuíferos; la lava de erupciones pasadas sirven de filtro para el agua de lluvia; debido a esa recarga de agua es que se reconoce la diversidad en los ecosistemas; la renovación de la vegetación que crece sirve como alimento para los animales herbívoros, que son la base nutricional de los animales carnívoros y, en ese ciclo natural, los cadáveres de los animales se convierten en el alimento de bacterias y hongos que transformarán la materia orgánica en mineral; las rocas son recursos de construcción y fuente de trabajo; la agricultura se ve beneficiada con los nutrientes de las cenizas que permiten tener suelos fértiles y, el turismo ecológico, se ve favorecido de las vistas desde los volcanes, una experiencia que atrae a millones de personas que, además, entienden el respeto hacia los ecosistemas..

El avance de la ciencia y sus tecnologías, nos permiten saber sobre la existencia de microorganismos que han estado en fase latente de supervivencia durante millones de años en los lugares más inhóspitos, lo que permite cuestionarnos las definiciones de lo que entendemos por vida. De ahí que al considerarnos la especie con «mayor evolución» tenemos en responsabilidad, el respetar y proteger a todo ser viviente, principalmente, a nuestro planeta.

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