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¿Por qué devastar lo que no podemos crear?


Por: Fernando Silva


Hasta que el óvulo es fecundado, inicia la maravillosa simbiosis de nuestra congénita existencia, en un proceso de epigénesis en el que nos desarrollamos progresivamente de un estado amorfo homogéneo a una condición articulada heterogénea y, a partir de tan sensacional metamorfosis, se abren camino -hasta el momento de nuestra muerte- un sinnúmero de capacidades y funciones, alegrías y tristezas, virtudes y torpezas, en un transcurso complejo y a la vez perfecto acorde a la natural evolución, misma, que si nos damos la oportunidad de fortalecer con ese esmerado estímulo que responde al nombre de conciencia, nos es posible enriquecer -por lo menos- las garitas de los valores y los aciertos.

En ese continuo desenvolvimiento personal y social, en el aún lozano siglo XXI, la humanidad con sus eminentes avances científicos y tecnológicos en todas las áreas del conocimiento, se ve sobresaltada por la Covid-19 -que a muchos nos tiene azorados y, a otros, sosegados y luciendo un actuar flemático- y aún así, podemos (o no) darnos la oportunidad de adaptarnos a los cambios como parte de los procesos vitales de sobrevivencia.

Tener en cuenta que somos fulgor de cognición en el planeta Tierra desde nuestra incursión como Homo sapiens (hace unos cien mil años) quizás, el momento más trascendental de nuestra mutación, lo que supuso nos dirigiríamos hacia a una conciencia cósmica, donde alcanzaríamos planos superiores de lucidez, empatía, alegría y paz.

En tan singular travesía, la más notable y generosa innovación no fueron ni el uso de huesos como armas ni las herramientas elaboradas con piedras, sino la entelequia -expresión simbólica a modo de lenguaje- por parte de los primeros y virtuosos comunicadores gráficos. Desde las pinturas rupestres, hasta las realizaciones de los actuales creadores, se perseveran trazos que cada pintor define, incluso, influenciados por sus antecesores.

De esta manera no sólo se manifiestan ideas, sino que en muchos casos se encausan principios en bien común y con la generosa intensión de hacer conciencia en un sinnúmero de valores: la dignidad, el respeto, la honestidad, la bondad, el afecto, la paciencia, la gratitud, el perdón, la solidaridad…, asimismo, en bien de nuestra madre Tierra y los ecosistemas.

El arte plástico (la pintura) es un lúcido arcano que se fortalece y resplandece constantemente, a la vez que funge como un lenitivo para nuestra percepción visual y como ejercicio mental, lo que nos brinda la natural congruencia de pensar y, con ello, generar iniciativas dignas para adaptarnos de mejor manera a los avatares que nos deparan las actuales circunstancias.

Las bellas artes tienen la idoneidad de regenerar la calidad de vida de las personas y de sus sociedades. Han sido un potente medio para impulsar el desarrollo emocional e intelectual de quienes encuentran en las expresiones artísticas, un vértice desde donde observar al mundo y conectarse pródigamente con todo ser viviente.

Lamentablemente, cuantiosos gobiernos y, por ende, sus gobernados -culturalmente hablando- continúan relegados de participar en la construcción de sociedades justas y en armonía, en gran medida, por los efectos de las desigualdades generadas por perversos modelos económicos, mismos que establecen un minúsculo grupo de execrables personajes. De este modo, los muros ideológicos de acceso a las bellas artes impiden que buena parte de los ciudadanos se aproximen de manera ingénita al goce estético por no contar (entre otros aspectos) con centros educativos que cuenten con los recursos e incentivos necesarios para obtener una formación artística adecuada.

Por otra parte, tenemos un conjunto de inquietantes causas subyacentes como la devastación de bosques, selvas y especies animales, a la par de la contaminación de mares y ríos, que en conjunto ocasionan azarosa transformación de la biodiversidad. En ese sentido, si tenemos todo para ser seres inteligentes, creativos, fecundos e inventivos, resulta impío observar hábitos que atan a la mediocridad y a la mezquindad.

Desde esta trinchera, insistiré en la premisa de que las bellas artes deben ser un derecho humano con el objetivo de elevar la educación y la cultura -tanto en el sistema formal como a otros espacios sociales culturales, incluyendo los hogares- ya que son en efecto, decisivos en el equilibrio del capital ético de toda sociedad.

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