• Ambiental News-Miguel Á.

Si tengo que pedirlo ¡sí lo quiero!


Muy probablemente has leído o escuchado la frase: “si te lo tengo que pedir, entonces ya no lo quiero”, frase que en el fondo refleja el deseo que tenemos de ser comprendidos y cubiertos en nuestras necesidades casi de manera mágica, sólo por el deseo del otro de complacernos o por el simple hecho de tenernos afecto.

Sin embargo, esto no siempre sucede. Hasta el momento, las bolas mágicas o la lectura de mente no es algo que tengamos dentro de nuestras herramientas o habilidades, y entonces resulta difícil saber lo que el otro necesita de nosotros si no lo pide.

Si externar lo que necesitamos para estar bien, para sentirnos queridos, aceptados o a gusto en el lugar o en la actividad que estamos realizando, o externar aquello que nos incomoda, podría mejorar el entorno y la relación ¿por qué no hacerlo?, ¿por qué no aceptar que nos den lo que hemos pedido?

Aquí valdría la pena hacer la aclaración de que pedir no es exigir, ni se convierte en una obligación para el otro, por lo que tendríamos que ser muy conscientes de que podríamos pedir y obtener, pero también pedir y no obtener, y eso no debería ser motivo de molestia o enojo, porque al final es una petición, no una demanda.

Decir lo que necesitas y no necesitas de manera asertiva, amable, amorosa, permite al otro conocerte y poder hacer algo por tí para estar mejor, pero que necesita el autoconocimiento y mejorar nuestras habilidades de comunicación para poder transmitirlo.

Y no requiere una larga y gran explicación o argumentos basados en hechos científicos; simplemente, decir con el corazón lo que necesitas para sentirte o estar bien en ese lugar, en esa actividad, con esas personas, es preguntarse ¿en este momento cómo me siento?, ¿habría algo que se podría hacer para sentirme mejor? Y si algo puede hacer el otro por ti, ¿cuál sería la forma más amable de solicitarlo?

De lo que trata es de sentirse cómodo en el encuentro con el otro, de hacer más disfrutable ese momento.

Recuerdo alguna sesión con mi terapeuta en la que estaba sentada al filo del sillón y él, notando mi incomodidad, me preguntó: “¿estás cómoda?”. En ese momento caí en la cuenta de lo incómoda que me encontraba y él me dijo: “¿qué tendrías que hacer para estar más cómoda? En ese momento acomodé los cojines y me senté lo más cómoda que pude; sin duda, me encontré mejor.

Conocernos a nosotros mismos para saber cómo podríamos disfrutar más al estar en el encuentro con los otros, sobre todo con quienes amamos, puede enriquecer la experiencia de maneras insospechadas.

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