• Ambiental News-Miguel Á.

Trastorno por déficit de naturaleza



En la medida en que algunas sociedades se desarrollan en atiborradas metrópolis, la naturaleza tiene menos cabida en sus vidas. Esta sociedad urbanizada (iniciada primordialmente con la llegada de la Revolución Industrial que comenzó en la segunda mitad del siglo XVIII) dio el gran salto de una economía agrícola basada en los cuidados y producción del campo, a una economía industrial donde la manufactura se concentró en las fábricas con una de las problemáticas que —desde entonces— más daño le han hecho a todo trabajador, la «Mano de obra barata».

Este trapichear ha conllevado a una separación (en tres etapas) de las personas con la naturaleza, no sólo en lo físico, sino también en lo cognitivo y emocional. La primera fase, se remonta a los griegos con la invención de la investigación o indagación sobre la naturaleza (physis) que ya no está sujeta a la voluntad divina, sino a leyes explicables que hacen que la naturaleza sea predecible. La segunda fase, los dogmas religiosos, los cuales teorizan con la figura de un creador de todo el universo y, por ende, del ser humano. La tercera fase es la revolución científica del siglo XVII, en el mundo surgen no sólo inventos como el microscopio o el telescopio, sino también la pintura del paisaje, con ello la naturaleza retorna autónoma en cuanto a lo que el ser humano puede observar.

Así, el proceder de un buen porcentaje de personas hacia los temas del medio ambiente, se ven influidos a partir de las creencias existentes, en los conocimientos científicos que acreditan sus resultados y en las expresiones artísticas que le permite a la gente observar, pensar e interpretar con libertad.

Lo contundente, es que la mayoría nos sentimos cautivados por la naturaleza y precisamos de estar en contacto con los ecosistemas para fortalecer nuestra salud mental y física. De esta intrínseca identificación, el escritor Richard Louv, en su libro «Los últimos niños del bosque» nos presentó el concepto «Trastorno por déficit de naturaleza» como metáfora y no como un diagnóstico médico, para describirnos lo que considera el costo que se paga por no observar la infinidad de formas en las que las plantas y los animales se han adaptado para sobrevivir, asimismo, el explorar cómo se ven y se comportan.

En ese entendido, hay estudios que demuestran la importancia de conectarnos con los ecosistemas, como el financiado por la National Science Foundation y publicado por un equipo del laboratorio de interacción humana con la naturaleza y los sistemas tecnológicos de la Universidad de Washington en el Journal of Environmental Psychology, en el que señalan que el hombre no está concebido para vivir ajeno de lo que el entorno natural ofrece.

Con el encierro que se mantiene por la COVID-19, la humanidad pasa (más-menos) entre el 80 y 90 por ciento del su tiempo en espacios interiores, afectando de diversas maneras su calidad de bienestar. Así, algo tan simple como salir a dar un paseo por las calles o ir con un amigo a tomar un buen café y charlar, abre la enorme posibilidad de contagiarnos o de que se produzca otro tipo de malaventura. Por lo que no es descabellado recapacitar que la causalidad nos obsequia este período para pensar y hablar sobre el cuidado del entorno y el respeto por la naturaleza y los animales, así como el dialogar con quien nos acompaña en el hogar sobre el cambio climático, la extinción de especies, del respeto por la vida y de las sorpresas que se esconden en entornos como el bosque, los desiertos, las selvas o el fondo del mar; de conocerse así mismo, de confiar en que puedes reconciliar afectos; aprender otro idioma, escuchar música, bailar, pintar un paisaje, leer un buen libro… Lo que redundará, con certeza, en una sociedad con mayor conciencia hacia su entorno, hacia sus semejantes y, en esa medida, con mayor responsabilidad ecológica.

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