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Urge promover modelos económicos acordes a los derechos humanos y en favor de los ecosistemas


Por: Fernando Silva

El individualismo liberal que dio comienzo al concepto de «derechos humanos» es antagónico al extendido sentido del bien común. Su configuración ideológica reclamó un enfoque «monádico»: individual, pluralista, no holístico y anti-jerárquico. Su declaración sobre las libertades individuales fue innovadora frente a la concepción arcaica de «El gozo sosegado de la independencia privada».

De ahí el que sea importante diferenciar entre los juicios a posteriori del bien común, mismos que orientan un tipo del bien de todos y que se prescriben empíricamente para manifestarse de modo aproximativo con sus respectivas modificaciones en los procesos políticos, y las concepciones normativas a priori del bien común, que admiten un bien general preestablecido y ecuánime que no está vinculado a la aprobación de los miembros de las sociedades o comunidades, pero al que éstos inevitablemente deben supeditarse.

Remitiéndonos a las pretéritas hipótesis sobre la finalidad del estado-gobierno, los razonamientos y normativas del bien común eran: la vida virtuosa en la comunidad bien ordenada, la idea del derecho, la justicia, la paz y la libertad, el bienestar y la autorrealización dentro y por medio de la participación política; y al inicio de lo que se conoce como la «era moderna» el bien común es entendido en términos del contrato social: el aseguramiento de la paz, la protección de los derechos humanos fundamentales, la propiedad individual, el bienestar general y la garantía —en términos de la prosperidad— de cada ser humano; empero, estos fines como otros que seguramente emergerán, requieren del consentimiento democrático de la gente en sus respectivas regiones.

De esta manera, la contradicción entre el bien común a priori, que se concreta en la «voluntad de todos» y que sólo es posible a posteriori, encuentra su consonancia en la noción de pensamiento dualista de la humanidad. Así, no sólo se persiguen los ideales personales, sino además los que representan la voluntad general. Esta singularidad podría ver buen puerto por medio de una equilibrada disposición de los gobernantes en harmonía con los gobernados; aquí la educación en atención a las virtudes, la razón, la justicia, el respeto y hasta la percepción que tiene cada ser humano por su tierra natal o adoptiva tienen un papel destacado, del tal manera que los propósitos naturales deben estar concebidos para sociedades no divididas por intereses privativos y/o mezquinos. Con lo hasta aquí expuesto no pretendo definir un escenario quimérico en donde todo sea posible, simplemente, considero que para alcanzar mejores condiciones de vida en nuestro planeta, más que la intención, mejor que se manifieste —en bien común— la viable y necesaria voluntad participativa y consciente.

El punto de partida, a manera de hipótesis, lo considero en la defensa de la naturaleza como patrimonio de todo ser viviente, adquiriendo importancia una dinámica que elimine -por efecto de la responsabilidad compartida- las contrariedades ecológicas generadas y, asimismo, nos centremos en observar las inestabilidades propagadas por modelos económicos del tipo equivocado. El conocimiento que como especie hemos desarrollado para entender, pronosticar y poder actuar sobre la sociedades en beneficio de los ecosistemas -en una dirección determinada que se podría considerar adecuada- se encuentra obstaculizada por los protervos intereses de tan sólo unos cuantos.

En el terreno de programas económicos y de cultura cívica, los paradigmas existentes, además de disímiles y contrapuestos, carecen de suficiencia explicativa, predictiva y propositiva. Asimismo, las grandes industrias no pueden tan solo excusarse por la mortal contaminación que propagan por todo el planeta, tienen que realizar los ajustes que correspondan para suspender de manara contundente los daños que causan a los ecosistemas y a la humanidad.

En las diversas culturas, con su especificidad capitalista en lo económico -que dicho sea de paso se desarrollan a un ritmo inusitado y no digamos desde el punto de vista del espacio-temporal en perjuicio de la biodiversidad- el objeto de los estudios de las disciplinas sociales, humanísticas y de las bellas artes, es el de intentar contrarrestar tanta irracionalidad. Entonces, si bien es posible encontrar comportamientos y reglas para un mejor funcionamiento, la celeridad en las transformaciones socioeconómicas germinan inéditas eventualidades. Por lo tanto, resulta que cuando se promueven rutas de solución, la realidad ya cambió, y vuelta a empezar.

La conclusión sería: Se requiere un cambio de paradigma desde el cual se analice la economía con una visión convincente en función de impedir las tremendas desigualdades sociales, educativas, de género, legales y obviamente económicas, para que se apliquen a mejoras sustanciales en el funcionamiento de las sociedades, los derechos humanos y el sano equilibrio en los entornos naturales.

El razonamiento está marcado por un enfoque crítico y en defensa de lo que se denomina una «visión de la economía heterodoxa». Hay incorrecto mutis en bien común y comedido ruido en bien de unos cuantos ¡Alcemos la voz con dignidad en favor de la Tierra y de una mejor calidad de vida para todo ser viviente!

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